Itinerarios de Rubén Darío en París

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1. DARÍO EN PARÍS

En 1913, tres años antes de morir, Rubén Darío escribe una crónica intitulada “Hombres y Pájaros” para Mundial Magazine, revista que él mismo dirigía. En ella describe a París como un “vasto cuerpo”: la cabeza está en la Sorbona, el vientre y los órganos sexuales en los Grandes Bulevares (“donde se come bien y se peca mejor”) y los miembros en los industriosos barrios de los suburbios. Para entonces, París es un cuerpo plenamente poseído por Darío: hace trece años que más o menos vive en París, y el más o menos hace aquí referencia ya a los apuros económicos, ya a la compulsión nómada de este “hombre de todos los países cuya patria no era de este mundo”(Unamuno) que por hallarse en viaje permanente no poseyó nunca biblioteca alguna, exceptuando las públicas, las de los amigos y por supuesto esa que traía consigo en la Sorbona de su cabeza, conformada por un sinnúmero de lecturas en donde Darío halló los materiales imaginarios para construirse un paraíso prometido en donde lo apolíneo (Atenas) y lo dionisiaco (Versalles) se reconcilian y reúnen en un París ideal:

Yo soñaba con París desde niño, a punto de que cuando hacía mis oraciones rogaba a Dios que no me dejase morir sin conocer París. París era para mí como un paraíso en donde se respirase la esencia de la felicidad sobre la tierra. Era la Ciudad del Arte, de la Belleza y de la Gloria; y, sobre todo, era la capital del amor, el reino del Ensueño. La Vida de Darío escrita por él mismo

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