La Virgen del Volkswagen

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Sólo dos cosas rompían la rutina de nuestro taller mecánico: la llegada de un calendario y la función sabatina de box. Los calendarios eran regalo de las refaccionarias. Las mujeres en bikini que los poblaban animaban las paredes de una existencia de grasa, herramientas y overol. Sabíamos que ellas nos mentían, que sus proporciones imposibles, sus ojos llenos de promesas, querían solamente vendernos aditivo. No nos importaba. Tras examinarlas una a una con detalle, las colgábamos de la pared y les profesábamos, de lunes a viernes, una adoración casi absoluta. Porque los sábados, al caer la tarde, mi papá se quitaba el overol, compraba cerveza, acomodaba la tele sobre el plano de trabajo y apagaba las luces. Entonces los escotes con marcas de acumuladores desaparecían en la penumbra para dar paso a los torsos correosos de los boxeadores que cada sábado, puntualmente, se fajaban a golpes por televisión.

Veíamos la pelea sentados en el asiento trasero que le habíamos arrancado al Volkswagen. Mi papá arengaba a los boxeadores como si estuviéramos en la arena Coliseo. ¡En el hígado, pendejo, dale en el hígado! La primera vez que vimos pelear a Dance García mi papá me dijo: hay que seguir a este chamaco, vas a ver, va a llegar lejos. El Dance era un boxeador lento, poco elegante, ciertamente distraído. Los mecánicos decían que su apodo se debía a que fuera del cuadrilátero era un buen bailarín. Yo no lo creo. Para mí que le decían así porque era un boxeador con ritmo. Sus primeros asaltos solían ser malos. Subía al ring desmotivado y la melancolía le duraba cinco o seis rounds, en los que el Dance no hacía más que atenerse a su guardia y soportar castigo. Pero en el sexto, a más tardar en el séptimo, Dance García recobraba la fe y lo hacía con ritmo: bailoteo ligero, juego de piernas, jalando aire, engañando al contrario, uno-dos, paso lateral, volado de derecha, ya está, Dance García ha despertado, ahora sus puños van a caer como vendavales sobre el contrario, lo van a recluir contra las sogas y lo van a coser a golpes hasta dejarlo tendido en la lona, oyendo pasar uno, dos, tres, cuatro, la inexorable cuenta de nocaut.

A mí me gustaban las peleas del Dance porque sabía que antes del quinto nunca pasaba nada. Con la campana del tercer asalto, con los mecánicos pidiéndole a gritos que despertara, que subiera la guardia, que se defendiera, yo me escabullía al baño, cerraba la cortina y subía al cuadrilátero del lavabo para mi cita sabatina con el ritmo: overol abierto, juego de cintura frente al espejo, mano derecha subibaja, mano izquierda motivando, cierra los ojos, baja la guardia, nalgas de calendario en tacones altos, senos colgantes sobre anuncios de bujías, piernas cruzadas de derecha, sonrisas ojigrises lengüeteadas: Marcelita, la hija del especialista en frenos, vestida en traje de calendario, su boca sobre mis muslos, su entrepierna ensortijada, suena la campana, recto de derecha, el Dance regresa a su esquina: un chorro de alivio inunda el lavamanos.

A veces temía que lo noquearan antes de tiempo, que algún mecánico subiera al baño, abriera la cortina y me sorprendiera pantalones abajo frente al espejo. Pero Dance García nunca me falló. Ni siquiera ese sábado en que lo mandaron a la lona apenas en el segundo round, justo cuando yo me disponía a levantarme del asiento y subir a mi cita sabatina con el ritmo. Ya no me pude despegar de la televisión, un poco por la angustia de ver caer al ídolo, otro poco porque don Chuy, especialista en frenos, entró al taller con dos botellas de caguama y pidió permiso para ver con nosotros la pelea, pásale Chuy, tomen asiento, y tras él apareció, ensortijada, real, su hija Nadia Marcela. Con la campana del sexto round, Dance García se levantó de su esquina, se ajustó el protector bucal y se le echó encima al contrario como poseído por el ritmo. Discretamente, yo posé mi mano sobre los nudillos de Marcela y ella no rehuyó su peso.

Esa victoria le ayudó a ganar confianza. Su nombre se volvió habitual en el cartel de la función sabatina. Yo esperaba sus peleas con ansiedad porque a Marcela no le daban permiso de salir: sólo nos podíamos ver cuando su papá venía al taller a ver el box con el mío. Por aquel entonces yo ya había dejado la escuela y me dedicaba a ayudarles a los mecánicos. Mi papá me había dado el Volkswagen para que practicara. Al motor del Vocho le faltaban muchas piezas. Tampoco tenía ruedas ni asiento trasero. Su chasis veía pasar los años oxidándose sobre cuatro ladrillos en la esquina del taller. Quizá mi papá tenía la esperanza de que yo lo reparara y lo quitara al fin de ahí. Pero a mí no me interesaba echarlo a andar, yo sólo quería dejarlo bonito. Le instalé un radio AM/FM, le puse vestiduras color vainilla, cubrí el volante con un protector de piel, compré foquitos de colores para la guantera. Algo sospechó mi papá porque no me quiso regresar el asiento trasero. Cómprese un sillón de a de veras para ver el box, ese asiento ya está bien viejo. Tú a mí no me vas a venir a decir dónde debo ver el box, además el Vocho ya tiene asientos enfrente, ¿para qué quieres el trasero? Marcela aprendió rápido el ritmo de las peleas Dance García. En el segundo asalto yo salía discretamente del taller. En mitad del tercero ella se plantaba entre su papá y la tele: papá, no me gusta ver sangre, ¿me da permiso de ir a escuchar la pelea en el Vocho? Hazte a un lado, Marcelita. ¿Me da permiso, papá? Sí, mi amor, pero quítate.

Nuestros besos duraban el tiempo exacto de un round. A los tres minutos escuchábamos la campana y nuestras lenguas se despedían hasta el siguiente asalto, la próxima pelea, el próximo sábado. La campana nos salvaba de los ojos escrutadores del especialista en frenos, quien de vez en cuando aprovechaba la pausa entre dos rounds para salir a comprar cerveza y asegurarse de paso que Marcelita mantenía al retador a buena distancia. Pero en cuanto los púgiles se levantaban de sus esquinas, yo asaltaba los pliegues de su blusa con volados ambidiestros que ella rechazaba consistentemente porque no era mujer de bajar la guardia. Con la campana del sexto round, con el Dance a punto de encontrar el ritmo, la intentaba llevar contra las cuerdas y nos enfrascábamos en un intercambio de caricias bajas, yo queriendo el broche del brasier, ella rechazándome quedito, con esos quejidos finos que inundaban mis tímpanos de ilusión y me hacían soñar con el cinturón de campeón superpluma.

Marcela bajó la guardia el día en que Dance García peleó por el campeonato nacional. Después de tres rounds muy ríspidos, el broche del brasier cedió y mis manos pudieron al fin palpar la generosidad de su pecho. Nueve veces defendió el Dance ese título. En septiembre conquistó los pezones, en febrero paseó las manos por la curva de sus nalgas, el primer calor de mayo trajo la inquietud de un cierre abierto y en junio, con el toldo torrencial del Vocho soportando un aguacero de verano, mis dedos lograron esquivar sus bragas y humedecer al fin sus yemas en el olor más dulce de Marcela. Tras la novena defensa, Dance García se declaró listo para retar a Edwin Macho Valadez, campeón mundial superpluma.

La pelea fue en Las Vegas, en el casino del Cesar Palace, un ocho de julio. Recuerdo bien la fecha porque el taller se llenó como si nuestra televisión fuera la única del barrio. Ese sábado los mecánicos le pidieron permiso a mi papá para salir temprano, ir a sus casas a bañarse y regresar limpios a ver la pelea. Marcela se puso un vestido nuevo. Yo compré perfume para el Volkswagen y una docena de rosas que dejé en el hueco del asiento trasero. Había tanta gente que a nadie le importó que nos metiéramos al Vocho antes de que empezara la pelea. La estrategia del Macho Valadez era liquidar al Dance a más tardar en el quinto. Y en efecto, lo noqueó dos veces, pero en ambas nuestro ídolo se repuso. Y con la campana del sexto asalto, puntual, Dance García encontró el ritmo: bailoteo ligero, juego de cabeza, pausado en un principio, juego de cintura, pasos laterales, con fe, con gracia, como empezando a creer. Mi papá lo arenga como si estuviéramos en Las Vegas: ¡abajo, Dance, a los negros se les gana castigando abajo, bajo la falda, tras las bragas, el anular sumergido en el calor huyente de sus labios: Marcela me desabrocha el cinturón. Me la saca. Estoy nervioso. Sus dedos le dan confianza, la ayudan a alcanzar su destino. Décimo asalto, abre las piernas, Macho Valadez contra las cuerdas, los puños del Dance revientan en su cuerpo como centellas, Macho no aguanta más, sus cimientos se cimbran como armazón de Volkswagen con vaivén adentro y a doce segundos de que lo salve la campana su resistencia cede y se deja caer sobre la lona como un velo virginal vencido. El taller es un alarido unánime, una sola voz contando: uno, dos, ¿te gustó?, tres, cuatro, ¿Marcela?, cinco, seis, Marcela contéstame, siete, ocho, despiértate, Marcela, tenemos que vestirnos, nueve, diez, Dance García levanta los brazos, Las Vegas es un pandemónium: ¡señoras y señores, tenemos nuevo campeón mundial superpluma!

Una horda de mecánicos sale del taller coreando la victoria. Apenas alcanzo a subirme los pantalones. El especialista en frenos se ve feliz, botella de brandy en mano, pero su felicidad se esfuma cuando mira hacia el Volkswagen. Yo cubro a Marcela con mi chamarra. Don Chuy se asoma. Sus nudillos golpean el cristal enérgicos. Sin blusa, con las bragas hasta las rodillas y los ojos fijos en un punto, Marcela no reacciona. El especialista en frenos fuerza la portezuela y me saca a rastras del Volkswagen. ¿Qué le hiciste a mi niña, cabrón? Nada, don Chuy. Mi amor, mi Marcelita, ¿qué te hizo este hijo de la chingada? Marcela no parece escuchar la pregunta. Cálmate, Chuy, esto lo vamos a arreglar como gente decente que somos, ahorita lo que importa es ver qué tiene la niña. ¿Llamamos a la ambulancia? Espérense, denme permiso.

Mi padre echa un chorro de tíner en una estopa y lo acerca a sus fosas nasales. Marcela parpadea, sus ojos recuperan la mirada. ¿La ven? ¿A quién? A la virgen. ¿Dónde? Ahí. El dedo de Marcela señala el techo del Volkswagen. Sí, mijita, ya la vimos, ahora levántate y vámonos a la casa. No, papá, no me lleve, quiero quedarme aquí viendo a la virgencita. ¿Cuál virgen, Marcela? Ahí, mire. ¿Cómo es? Pelirroja, ojos grises, cabello rizado, muy bonita. ¿Qué hace? Me está diciendo que me quiere. Con un movimiento brusco, mi padre saca la navaja de su cinturón y rasga las vestiduras color vainilla que cubren el interior del toldo. La lámina oxidada del chasis queda a la vista. ¿Ya la vieron? pregunta mi padre. Yo no veo nada. Sí, Chuy, mira, aquí está la nariz, éstos son los ojos y éste es el manto, acá están los brazos y esta mancha de aquí es el niño. ¡Sí es cierto!, ¡no mames!, ¡Buches, Negro, vengan a ver, se nos apareció la virgen! ¿Cuál virgen? ¡Pues ésta, güey, la del Volkswagen!

Esa misma noche llegaron unas señoras a rezar. El rumor corrió rápido. El Volkswagen amaneció rodeado de veladoras. Todos en el barrio querían ver a la virgen. La cola era tan grande que la policía se vio obligada a cerrar la calle. Por la tarde llegaron los reporteros para tomar película y entrevistar al dueño del Vocho. Mi padre salió en la tele. No se puso nervioso. Dijo que la victoria de Dance García había sido el primer milagro de la Virgen del Volkswagen. Después convocó una junta familiar a la que también invitó a don Chuy y a Marcela. Ahí se acordaron dos cosas: primera, ambas familias se harían ricas vendiendo recuerdos de la Virgen del Volkswagen, y segunda, Marcela y yo nos teníamos que casar, estuviera o no embarazada. Sólo una de ellas se cumplió. La otra se esfumó esa misma semana, cuando mi padre recibió una llamada del representante de Dance García. El campeón era un hombre devoto, quería comprarnos el Volkswagen. Ni mi padre, ni don Chuy ni el cura del barrio supieron decir que no. Al siguiente sábado vino una grúa y se llevó el Vocho. En la hebilla de su flamante cinturón, el campeón mandó repujar la imagen oxidada de la virgen. Con esta acción Dance García se ganó el corazón del pueblo mexicano. En su primera defensa del título, el campeón subió al cuadrilátero cinturón en mano, se persignó, se arrodilló, besó la chapa de la hebilla y fulminó al retador en dos asaltos.

Le empecé a perder fe el día de nuestra boda. Mi padre había llamado a su representante para convidarlo al festejo y el Dance había aceptado. El barrio entero se movilizó para la fiesta. Cerramos la calle del taller, tendimos cables entre las azoteas para colgar bocinas y luces estroboscópicas. Los vecinos hicieron una colecta para pagar sonido y orquesta, todo con tal de hacer una fiesta inolvidable, no tanto para los novios sino para Dance García. Yo estaba tan emocionado por conocer al ídolo que olvidé algunos parlamentos durante la ceremonia religiosa. Pensaba que esa noche lo veríamos al fin bailar y sabríamos la verdad sobre su apodo. De la misa pasamos a la fiesta, las cumbias, el vals, la cena, los brindis, la víbora de la mar, el pastel. Dance García no llegó. A la medianoche alguien sugirió que a lo mejor llamaría para disculparse. La expectativa de escuchar su voz mantuvo la fiesta viva unas cuantas horas más. Tampoco llamó.

Como la casa de mis suegros era más espaciosa que la de mis padres, nos fuimos a vivir con ellos. Al poco, Dance García decidió que era hora de cambiar de categoría y retó al campeón de peso ligero, un tailandés que no le duró cinco asaltos. Una multitud se congregó en el Ángel de la Independencia a presenciar el combate en pantalla gigante y celebrar la victoria como futboleros. En nuestro taller, en cambio, no había nadie: el Dance era tan buen negocio que la televisión abierta había dejado de transmitir sus peleas, ahora había que pagar extra por el ritmo. Recuerdo que esa noche tuve un pleito con Marcela y me fui al taller a ver si trabajando se me pasaba. Escuché la pelea por radio. Lo imaginé bañado en sudor, levantando con ambos brazos su segundo cinturón de campeón mundial mientras yo, bañado en grasa, luchaba contra el diferencial trasero de una todo terreno. Sentí rabia. Ya llevábamos un año de casados y era hora en que Marcela no se embarazaba: mis suegros comenzaban a murmurar. Para colmo, ya casi no le gustaba hacer el amor. Decía que el olor a grasa de mi cuerpo le daba náusea. Del puro coraje descolgué un calendario, subí al lavabo y me masturbé sin lavarme las manos.

Don Chuy falleció de un infarto que lo sorprendió mientras cambiaba las balatas de un camión de redilas. Marcela estaba tan triste que al fin decidió embarazarse y bautizar al niño con el nombre de su padre. Gastamos una fortuna en jabones y botellas de perfume para poder concebir a Nadia María. Tras el parto, mi olor a grasa le volvió a dar náusea y dejamos por completo de hacer el amor. Para la fiesta de cinco años de la niña mi padre le regaló unos guantecitos de box que le gustaron mucho, pero Marcela se los escondió al día siguiente porque dijo que con esos juguetes la niña podía volverse marimacha. No recuerdo qué hacía Dance García en aquellos años: mi afición por el boxeo se había atenuado con la paternidad. Lo que sí recuerdo es una foto que vi en un puesto de periódicos camino a la primaria de la niña: el torso desnudo, los brazos en jarras, Dance ocupaba enteramente la primera plana. El cinturón de campeón envolvía su abdomen. La palabra García labrada en diamantes resplandecía al centro de la hebilla, precisamente en el lugar donde antes aparecía la virgen.

No volví a saber de él hasta el día en que un promotor de refacciones marca Volkswagen vino a surtirnos partes y nos dejó un calendario. Mi padre abrió el paquete y extrajo un anuario gigante con fotos de Dance García entre mujeres en bikini y automóviles de último modelo. Ante el revuelo que el calendario causó entre los mecánicos, el promotor regresó a regalarnos plumas, llaveros, encendedores y, en el colmo de la generosidad, dos pases para ver la pelea del Dance en un bar con pantalla gigante y bebidas patrocinadas por la Volkswagen. Mi padre me advirtió que me arreglara porque era un bar para gente bien. El ídolo apareció en la pantalla y los clientes se pusieron de pie para aplaudir. Estos no saben nada de boxeo, dijo mi padre. Iba pasado de peso. No se arrodilló ni se santiguó, apenas y saludó a la concurrencia con un ademán vacío. Busqué la virgen en su cinturón. Sólo encontré diamantes. Lo mandaron a la lona en el tercer asalto. Se repuso, pero nunca alcanzó el ritmo, aquel juego de piernas, de cintura, nada. Me dio rabia verlo acabado. Tomé mucho. Regresé de malas. La niña ya se había dormido. Marcela hablaba por teléfono. La besé. Sabes a borracho. No me importa. La desvestí. Me trepé en ella. La obligué. Con movimientos marrulleros, abrazando sin ganas a su contrincante, logró sobrevivir hasta el final del combate. Ganó por decisión y porque probablemente la pelea estaba arreglada. Lo que nunca logró fue despertar aquella pasión que hacía milagros en un Volkswagen. Bajó del cuadrilátero entre abucheos. Casi inmediatamente se quedó dormido.

Perdimos el cinturón de peso wélter una noche de dieciocho de abril, en París, en el palacio de Bercy. Una de esas noches que pelean hasta el último round contra la luz del día. Una noche de esas que vencen al sol por decisión muy apretada. Dance García había subido al cuadrilátero bajo una ovación cerrada, el torso envuelto en la diamantería de sus tres cinturones. El retador se plantó frente a él y lo miró con furia. Dance le hizo muecas burlonas con el protector bucal. El retador se llamaba Rafael, promovía refacciones marca Volkswagen, le encantaba regalarnos pases. Amor, voy al bar a ver la pelea, regreso al rato. Vete con cuidado, no tomes mucho. Cierro la puerta. Finjo partir. Me oculto detrás de un camión materialista. La estrategia del retador consiste en perfumarse, peinarse con gomina, plantarse en la puerta de mi casa con una rosa en la mano y tocar la campana que abre la puerta del tercer asalto. Apenas el Dance se levanta de su esquina y ya el retador lo tiene tragando castigo contra las cuerdas. Marcela enciende la radio, intenta defenderse pero el retador es un zorro bajaguardias que le habla bonito y le besa el cuello y después le aplica un recto en erección que la manda a la lona de la alfombra tragándose el placer de sus gemidos para no despertar a la niña. Cruzo la calle. Meto la llave en la cerradura. Abro la puerta. El retador está sentado en el sillón, el emblema de la Volkswagen en la solapa, la rosa sobre la mesa de centro, Marcela bellísima con un ron en la mano. ¿Qué hace aquí este pendejo? Rafael se pone de pie. A mí ningún mecánico me pendejea. Suena la campana del sexto asalto. Yo me quito el cinturón, beso la chapa de la hebilla, busco a la virgen, encuentro el ritmo: bailoteo roto entre las piernas, recto redundante, juego de cintura, gancho infiel, el retador será siempre más ágil que el hombre casado, el llanto de Nadia María baja por las escaleras, el campeón distrae la guardia, un derechazo le voltea en dos la mandíbula y le saca el protector bucal que sale volando con una lluvia de flashes que inmortalizan la parábola de su caída conforme Dance García da de bruces en la lona preguntándose si el amor es esto, un gancho al esternón golpeado, golpeado en un boxeador que pierde la fe.