La fiebre (de J-M. Le-Clézio)

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El campo estaba bastante tranquilo en esa mañana fría, mal iluminada por el sol. Era un suburbio de villas bajas, calles pobres, sin tiendas, con el pavimento desgarrado por parcelas. Si hubiera habido por ahí una colina desde donde contemplar el paisaje, se habría divisado un lugar apagado y gris, insignificante, salpicado de árboles polvorientos, de jardines descascarados, de casas sucias. Riachuelos, que bien podrían ser de aguas negras, atravesaban los solares de tierra en todos sentidos. Al sur comenzaba la ciudad, con sus altos edificios blancos y esa especie de avenidas rectas sin duda. Al norte, el campo pelón. El aquí estaba entre los dos, en este parque desyerbado, maltratado, habitado por hombres que no se veían.

Las callejuelas atravesaban las propiedades, bordeaban los viejos muros empedrados, se juntaban formando cruceros tristes donde jugaban uno o dos niños, de repente un perro. Aquí y allá, en los jardines, crecían una especie de mimosas sin flores, matas pimenteras, arbustos irreconocibles. Venido de quién sabe dónde, se escuchaba un grito agudo, inhumano, sin duda proferido por un loro encadenado. Sobre un suelo polvoroso, donde el frío de la noche se había instalado con sus cristales, los bichos se abrían paso difícilmente. En los intersticios de la roca, encima de las cocheras, las salamandras dormían. Había capullos por doquier, y el más mínimo agujero era ocupado por bolas de nieve opacas, que habían retenido las gotas del rocío. A lo lejos, del otro lado del suburbio, el ruido de un tren llegaba lentamente, se alejaba, se acercaba, desaparecía por completo, luego volvía a aparecer desde el fondo de los huecos entre las casas. De vez en cuando, los hombres partían al trabajo montados en sus velomotores.

La gente se agitaba en sus domicilios; las radios berreaban frente a las ventanas abiertas. El continuo gemido de una aspiradora se dispersaba en el aire. Deslizándose tras las nubes, el sol ascendía hacia el cielo. Si lograra alcanzar su cenit, resonaría la sirena del mediodía, se cargarían de platos las mesas de las cocinas, y los hombres regresarían del trabajo para comer. Los troncos de los árboles crujirían de calor, las arañas treparían de regreso a sus guaridas, los gatos flacos vendrían a rondar por los jardines buscando huesos o restos de fruta. Era sencilla la vida en aquel tiempo, tranquila, discreta. No había gritos de guerra, no había estrépitos ni asesinatos. Uno se podía quedar por horas sin moverse, a media calle, observando una hierba crecer. La tierra parecía un parque y el tiempo era una miniatura: pálidas cuadrículas de polvo y calor, avances imperceptible de caracol. Olores dulces, fogatas por doquier, y la extensión maravillosa de capas color malva en lontananza.

Nada que temer, la tierra no era de los tigres ni de los lobos; pertenecía aún a los ratones, a los moscos, a las lagartijas que se paseaban por ahí todo el tiempo, saltando de un escondite a otro, comiendo de noche. Minúsculo pueblo de roedores color de arena, los gestos rápidos, el corazón diminuto batiendo hasta quebrarse.

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