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"EL CORÁN ES UNA MIERDA: NO ES CAPAZ DE DETENER LAS BALAS" blasfema Charlie tras el asesinato de manifestantes favorables al ex presidente (y Hermano Musulmán) Mohamed Morsi en Egipto en julio del 2013, siempre fiel a su línea editorial sin límites entre la crítica, la carrilla y el insulto. Desde los anos setenta, la sátira impía de Charle propina guasa a lo largo y ancho del espectro sociocultural francés: políticos, artistas, deportistas, curas: el dedo de los moneros hurga en la llaga sin distinción de género, orientación política o religión; por eso Onfray los llama "el orgullo de la prensa francesa": ni Charlie Hebdo ni Le Canard Enchaîné (los dos principales semanarios satíricos de Francia) gozan de patrocinio publicitario de ningún tipo: sus ingresos provienen exclusivamente de sus suscriptores: de ahí la libertad total para mancharse contra lo que se mueva y de paso plantear una pregunta filosófica fundamental: ¿se puede uno reír de todo? O como dijo el otro día un amigo bosnio: la guerra de los balcanes empezó cuando se acabaron los chistes racistas.

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Es miércoles, pero yo lo recuerdo como viernes, no sé por qué. Y es en este miércoles, que en mi percepción se traviste de viernes, cuando despierto temprano para calentar el biberón del niño y de paso abrir la tapa de la computadora (que por razones de compatibilidad electrodoméstica se encuentra en ese instante junto al microondas) y revisar el avance de la descarga ilegal de una serie, cuando el cotidiano entra en pausa porque la primera página de Le Monde (abierta también de paso, casi por casualidad o por rutina) muestra la cara de cabroncito del caricaturista Charb. ¿Qué otra cosa va a hacer Charb en la primera plana de Le Monde, si no morirse?

En la madre. Es como si aquí en México se hubieran echado a Rius, Naranjo, Helguera y El Fisgón juntos. Calma. Ya no estamos en Francia. Aquí es México, casa de mis suegros, San Miguel Ajusco. Mi aquí y ahora consiste en sacar el biberón del microondas, subir a dárselo al niño y quedarme con los ojos abiertos repitiendo: en la madre. Y luego decirle a Ada que hay malas noticias de París, con las frases llenas de intrincados eufemismos para que bebé Darío no se saque el biberón de la boca y pregunte: ¿de qué están platicando?


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Esta vez sí es viernes. La tarde ronda indecisa entre las cuatro y las cinco. Ya no recuerdo por qué estoy solo, recostado en el sillón de la casa; acaso Darío esté en el Ajusco con sus abuelos mientras Ada disipe su energía científica arando algún cultivo celular al microscopio en su laboratorio. Mi dispositivo de electro_entretenimiento monologa en vano desde la mesa de centro; recuerdo haber ahí instalado una aplicación para captar canales de televisión de todo el mundo antes de caer involuntariamente dormido. Ya en los puestos fronterizos de la vigilia, recuerdo a una directora de orquesta conduciendo a su auditorio hacia el sueño desde las ondas del canal cultural franco_alemán Arte. Qué lujo éste, el de la siesta extemporánea: haz de cuenta que el planeta está en paz.

Allá en la realidad vibra un teléfono. Es Ada. ¿Ya viste en París? Mis ojos se frotan los dedos conforme sintonizan el canal de noticias infinitas: 129 muertos en París, anuncia el subtítulo. Paradójicamente, en el recuadro no aparecen ambulancias ni policías, sino la casaca azul de Patrice Evra rodeada de futbolistas alemanes, habilitando un esférico que un par de explosiones en las postrimerías del Stade de France han puesto a rodar en vano. Regreso un momento a Arte, el concierto prosigue su curso en diferido: el pasado reciente de todos esos espectadores (la expresión embebida en melodía) me llena de envidia: devuélvanme mi siesta.

Ya en modo estrés post_corte_informativo, corro al navegador para escribir dentro del cajón de búsquedas: ATENTADO PARTIDO FRANCIA ALEMANIA (así, en mayúsculas, como gritándole al Google), pero al parecer el motor de búsqueda también transmite en diferido: su primer resultado es una repetición en cámara lenta de aquella asquerosa falta que el portero alemán Schumacher cometiera contra el líbero francés Battiston en la semifinal del mundial de 1982.

Por la noche alcanzaré a Ada en su laboratorio. Mientras ella termina de inyectar ratones, yo enviaré mensajes de sobrevivencia al conjunto entrañable y finito de nuestros amigos. Miguel respondió por telegram, Raquel escribió en féisbuc, Vania y Ligia tuitean encerradas en una cena que durará toda la noche porque los terroristas andan sueltos en République. ¿Qué hubiéramos estado haciendo si siguiéramos allá? Uno saliendo del taller literario, el otro en casa con Darío. Uno comiendo sopas turcas en Faubourg Saint Denis, el otro recibiendo ese reflejo ansioso de los que velan a oscuros frente a las noticias, sacerdotes de que su objeto directo de amor bebe en el bar Sully, a menos de un kilómetro del Bataclán. En consecuencia, la polaridad de la preocupacion se invierte: hace unos meses, cuando emprendimos la mudanza de París a México, eran los amigos parisinos quienes se inquietaban de nuestro bienestar en un país rehén del narco_estado. Ahora es al revés: Ciudad Juárez decidió mudarse a París.


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Darío ya no toma biberón: tiene cuatro años: ya es niño grande. Tras dos años en México, hemos regresado a París de vacaciones para asomarnos al pasado anterior de nuestra vida: La casa donde Darío aprendió a comer, hablar y caminar está providencialmente libre para renta durante el verano. Nuestro viejo barrio de Saint-Ouen persiste en parecerse a sí mismo: la loca que paseaba a su perro en brazos sigue pasando frente a la ventana a la misma hora, el micro_traficante ofrece su amplia variedad de productos en la esquina de siempre, el panadero argelino (ya casado y con hijos) le sigue regalando chupachups a Darío por la mañana, cuando salimos a comprar los tres pain chocolat del desayuno. Eso sí, la iglesia del Sagrado Corazón de Montmartre ya no se ve tan nítida desde la ventana del baño: han construido un edificio_estorbo y ahora sólo sobresale una punta blanca amputada de toda cúpula: si te descuidas, la podrías confundir con un minarete.

Hubo tres atentados, tres, durante el mes que invertimos lustrando de nostalgia las esquinas de París. En el primero, un tipo sin adiestramiento militar ni viaje a Siria de por medio se metió en la casa de una pareja de policías, acuchilló al papá y degolló a la mamá frente a su hijo de apenas tres años, para después subir el video de su gesta al féisbuc y reivindicar tal abominación a nombre del Estado Islámico. En el segundo, un ex cónyuge golpeador de nacionalidad tunecina (también sin rastro de radicalización religiosa en su pasado) renta un camión y atropella a 85 personas (diez niños incluidos) que presenciaban los fuegos artificiales del 14 de julio en el malecón de Niza. Y para rematar, un par de adolescentes entra un domingo cualquiera a una iglesia de un pueblito cercano a Rouen para degollar al cura, asesinar al diácono y morir bajo los tiros del escuadrón antiterrorista.

Cuando vivíamos en Saint-Ouen, yo solía entrar a la panadería del argelino saludando al prójimo con un un sonoro assalaam alaykum. La frase era objeto de una mofa amigable entre panadero y clientes, que respondían como se debe, en buen árabe, ciertamente condescendientes ante el pronunciado acento chilango con que el saludo había sido proferido. Dos años y cinco atentados después, entré a la misma panadería como si el tiempo no transcurriera, con mi saludo insignia por delante, pero ahora la respuesta fue silencio y malestar: saludar en árabe ha dejado de ser un chiste.

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En enero del 2015, unos días después de los atentados de Charlie Hebdo, el editor de una revista mexicana me escribió solicitando un texto urgente, entre crónica, narración y ensayo, que contara las tensiones propias de esa franja de Francia sociológicamente musulmana. Tardé demasiados tiempo en escribirlo y cuando al fin se lo envié, el editor reviró que los atentados del Bataclán habían envejecido prematuramente mi dicho: había que volver a empezar. Me visitó entonces un tropo de imprevisto: el del Sísifo ensayista frente a una computadora con dos ventanas abiertas: a la derecha las noticias infinitas en streaming, a la izquierda un un ensayo político_biográfico_literario sobre el terrorismo cuyo contenido se disuelve conforme se van escuchando las explosiones en el Stade de France. Sísifo pide entonces prestada la cara de menso con la que Patrice Evra ve rodar un balón bobo: ¿quién insiste en vendernos este sonido? ¿hasta cuándo los idiotas la furia nos condenarán a volver a empezar?

Ada (en casa de Mariam)

En 2010, el gobierno de Sarkozy presenta a la asamblea una ley (¿electoralista? ¿destinada a seducir votantes de extrema derecha?) que prohíbe cubrirse el rostro en la vía pública. Toda ciudadana que sea sorprendida envuelta en una burka (o, dado el caso, ataviada con un pasamontañas zapatista) deberá pagar 150€ y tomar un curso de ciudadanía. Esta ley es prima de la del 2004 que prohíbe los signos religiosos ostentatorios en las escuelas públicas. Los debates culturales son la adicción ideológica favorita de la vida política francesa. ¿Prohibir el velo en la universidad? ¿Quitar la opción sin puerco en los menúes de los restaurantes escolares?. Bajo la bandera del estado laico se esconden las infinitas perífrasis de una misma frase primitiva: ustedes, musulmanes, no son bienvenidos aquí. La realidad, sin embargo, es más compleja que la síntesis de la cápsula informativa: mientras los medios presentan al islam como un problema de comunitarismo binario, los sociólogos encuentran que en el seno de la intimidad familiar, el islam se está individualizando de facto, e incluso muchas de las mujeres que adoptan el velo en Francia lo hacen para, una vez inscritas en el respeto fundamental de la norma, usar estratégicamente esa posición para afirmarse (trabajar, estudiar, tomar la palabra) y romper esa misma norma. En la balanza hay dos países: uno rabiosamente convencido de la universalidad de sus valores, incapaz de aprender tres vocablos de cortesía en árabe y a quien no le causa ningún problema la escasez de personal sociológicamente musulmán en televisión, en la asamblea o en los cuadros altos de la función pública; y otro en donde las musulmanas son diputadas, dentistas o policías pero sobre todo libres en una sociedad de iguales, portando el velo según les venga o no la libertaria gana. Fiel a su dinamitadora mecha editorial, Charlie Hebdo francotira desde la posición más porno: SÍ A LA BURKA... ¡PERO POR DENTRO!

No es musulmana pero lo parece. Conocí a Ada en el taller literario del Instituto de México en París, a donde llegamos como inocentes becarios de Conacyt que escribían un poco en sus ratos libres. El tiempo nos volvió mañosos: doctorado, post-doctorados, unión civil, naturalización, embarazo, parto. Y de pronto, ante la temible posibilidad de que el chiquillo se convirtiera en parisino, tomamos el avión de regreso al Ajusco, irracionalmente convencidos de educar mejor a un futuro chilango. Para entonces ella ya llevaba once y yo trece años allá. Por razones que ahora nos escapan, cada que había vacaciones, mochilazos o congresos acabábamos viajando por países de cultura islámica: Egipto para consolidar el ligue; Turquía y Bosnia cuando ya vivíamos juntos; Marruecos en mochilera luna de miel; Abu Dhabi y Dubai como investigadores en congreso: para este úlitmo viaje bebé Darío tenía ya cuatro meses (viajar amamantando es muy práctico: el chiquillo no se enferma).

En Abu Dhabi nos hospedamos en casa de Shazam, un amigo de la universidad casado con Mariam, también siria. Al principio sí percibíamos el velo que ocultaba sus cabellos, pero con el trato cotidiano se nos fue olvidando. Una semana después hasta nos metimos a la playa con ella. El velo ya era un miembro más de su cuerpo. Otra posibilidad hubiera sido reducir su persona entera a eso: un velo con corolario de dominación machista y religiosa. Pero los días en Abu Dabi desbordaban las veinticuatro horas: el azoro cultural del viajero perdido en la interpretación urgente de una cultura extraña aumenta el espesor del cotidiano: había más tiempo para la amistad que para la ideología. Aquí y ahora, a varios años de aquel viaje, conforme tecleo estas letras, pienso que a pesar de las diferencias ideológicas y culturales que nos separan, yo podría ahora sentarme con Shazam y Mariam a explicarles tranquilamente por qué pretendo incrustar en el presente relato las caricaturas de Charlie, profeta incluido, y si me apuran también argumentar acerca del velo con todo y mi convicción feminista: no hay que obligar a las mujeres a nada: ni a portar el velo ni a quitárselo ni a ser estrictamente fieles a su marido de aquí a que la muerte nos separe: en realidad no hay que obligar a las mujeres (ni a los hombres, de hecho) a nada, excepto acaso a respetar la vida y creer en la idea de la igualdad, pero una vez que empiezas a obligar a la gente el resultado generalmente se revierte, así que mejor no obligar a nadie a nada y pasarlo todo por la duda, la razón y la pedagogía. Sí, de todo eso podría hablar ahora con Shazam y Mariam, bien recargados todos sobre la baranda de la amistad.

Shazam (encerrado en la Sorbona)

Castorama es la tienda que vende madera, herramienta y toda clase de material para el hágalo_usted_mismo. En medio de un acalorado debate franco-francés sobre la prohibición legal de trabajar en domingo y días festivos, el caricaturista Luz pone el clavo el la llaga: CASTORAMA ESTÁ CERRADO (y como no tenemos dónde comprar clavos ni cruz): TE VAMOS A TENER QUE COGER, le dice el romano a Cristo.

Conocí a Shazam en 2001, recién llegados a Francia para estudiar una maestría en Lingüística Computacional. Nos habíamos inscrito en la Sorbona esperando una universidad de primer mundo, a la altura de su renombre, y no entendíamos el caos burocrático ni la mediocridad académica de un lugar que para nada correspondía a su reiterado oropel medieval. Shazam había salido de Siria huyendo del servicio militar, si no es que del ejército, sin embargo su dominio de la lengua y los códigos culturales locales eran infinitamente superiores a los míos gracias a una novia francesa de souche (es decir de cepa: franceses blancos sin acento, descendientes de franceses blancos sin acento; ahora que busco la expresión en internet caigo en el sitio français.de.souche.com, donde un editorialista se indigna porque un un tribunal acaba de dictaminar que "la noción de français de souche no representa ninguna realidad legal, biologica, histórica o sociológica").

La maestría duraba un año: el mejor promedio sería premiado con una beca del ministerio de la educación para proseguir con el doctorado. La competencia era relativamente atroz. Al final del curso, el mejor promedio fue para una polaca, pero en segundo lugar quedó una vietnamita que tenía la fortuna de ser hija de un lingüista cercano a nuestro director, así que al grito de compadrazgo mata excelencia académica la beca fue para ella. Shazam y yo logramos el promedio necesario para que nos aceptaran en el doctorado sin financiamiento. Yo apliqué con suerte a CONACYT y Shazam se logró inscribir financiado por su propio heroísmo: un trabajo de velador nocturno en el Hôtel des Grands Hommes frente al Panthéon. El cansancio vespertino lo tumbaba en el laboratorio mientras macheteaba su tesis a marchas forzadas. Un sábado a mediodía se quedó dormido frente a la computadora. Despertó a eso de las seis de la tarde, hora en que los conserjes (una pareja de portugueses que tenía el apellido más consecuente de París: de la Porte), salían a dar un paseo tras haberle echado llave a la Sorbona. Shazam se acababa de quedar encerrado, y si por algún azar del calendario los De la Puerta se habían ido no de paseo sino de fin de semana al campo, a Shazam le esperaban treinta y seis horas de cautiverio. ¡Estoy en la mierda, primo! exultaba cuando a través de una ventana enrejada que daba a la rue Serpente yo lo proveía de agua, cacahuates salados y un cargador para su Nokia de segundo uso. Ya había llamado a los bomberos, quienes habían canalizado su llamado de auxilio hacia el servicio de seguridad local de la universidad, quien a su vez lo rebotó con dos o tres administrativos que jamás se habían enfrentado a semejante situación: un árabe atrapado en la Sorbona. La cadena de irresponsabilidad ascendió, sin que nadie se atreviera a tomar una decisión, hasta los mismos oídos de Jean-Robert Pitte, rector de la universidad, quien por aquel entonces era más conocido por sus crónicas enológicas en la radio que por su actividad científica. Es todo un honor recibir su llamada, Monsieur le président respondió Shazam, con templanza inaudita dada su triste situación, al reconocer el calado de su interlocutor telefónico. ¿Qué hace usted ahí encerrado? preguntó la aterciopelada voz del rector de la Sorbona a través de la bocina barata de un Nokia sirio. Me quedé encerrado escribiendo mi tesis, explicó con un ligero acento árabe el estudiante y velador de los Grandes Hombres. El geógrafo, gastrónomo y especialista del paisaje emprendió entonces una filípica rica en adverbios coercitivos y extrañamientos contra la distracción del doctorando, concluyendo sin embargo con la noticia de que acababa de autorizar, de manera estrictamente excepcional, la intervención de los bomberos. ¡Es la primera vez que hablo con alguien que usa el pluscuamperfecto subjuntivo! juraba Shazam mientras deglutía apresuradamente un kebab con papas fritas, tras la feliz conclusión de su odisea. Vive la république et vive la France! brindó con felicidad levantina y una lata de cocacola al aire, mientras con la otra mano se corregía una hemorragia de ketchup bajo las comisuras nasales.

La historia de Shazam no tiene moraleja. Su francesa de cepa lo dejó por un francés de cepa. Apretándole el cinturón al periodo romántico de la diástole, Shazam sacó el grado de doctor en cinco años de desvelos y Grandes Hombres. Luego se naturalizó francés y, ya con pasaporte rojo en el bolsillo, corrió al Skype para enamorar por segunda vez a Mariam, su primera novia siria, y llevársela a vivir ya no a Francia, sino a su nuevo destino profesional: la franquicia de la Sorbona en Abu Dhabi, territorio intermedio y ambigüo entre Oriente y Occidente, en donde el velo islámico y los franceses de souche coexisten en armonía gracias a los generosos flujos de capital del emirato, capaces de apaciguar cualquier veleidad dogmática.

Mahmud (encabronado contra Camus)

Última portada de Charlie Hebdo antes del atentado. En ella, Michel Houellebecq encarna al personaje trash_la_vida_no_vale_nada (despeinado, sin bañar, cigarrito agónico, mirada extraviada, semblante devastado a la Céline) con que recorría el panorama mediático promocionando su última novela: Sumisión, fábula político-literaria en donde al desastroso quinquenio de François Hollande sucede un partido islámico con un victorioso presidente musulmán en el Palais de l'Élysée. Toda proporción guardada, Houellebecq padece el síndrome de Borges: una pluma privilegiada coexistiendo con una consciencia política miope cuyas paráfrasis (bien escritas por Houellebecq o mal contadas pour Éric Zemmour) provienen de declinar una misma primitiva: el islam representa un peligro para la civilización occidental. LAS PREDICCIONES DEL MAGO HOUELLEBECQ (previene Charlie): EN 2015 SE ME CAEN LOS DIENTES Y EN 2022 HAGO [el ayuno ritual del] RAMADÁN. Al día siguiente del atentado contra Charlie Hebdo, Michel Houellebecq suspendió la promoción de su libro.

Nuestro maestro de programación funcional se llamaba Mahmud. Era un cabilio argelino que llegó a Francia con un diploma de bachillerato y talentos varios para la informática. Nunca escuché a Mahmud expresarse en árabe: orgullo cabilio obliga. Los cabilios son los catalanes del norte de África: colonizados por los árabes, conservaron a sangre, clandestinidad y fuego su alfabeto y lengua propias. Adoptaron la fe islámica de sus colonizadores, pero la practican con cierto desparpajo y menos reticencia al alcohol. ¿Y entonces, si eres cabilio, por qué te pusieron un nombre tan árabe?, le pregunté un día a Mahmud. Resulta que durante la guerra de independencia de Argelia, Cabilia fue un auténtico bastión en la lucha contra el colono francés: los cabilios abrazaron con fervor la causa de la independencia Argelina y el papá de Mahmud bautizó a sus hijos en homenaje a hermanos de armas, sin importar demasiado el origen etno_etimológico del nombre.

La ruta romántica de Mahmud coincide con la de Shazam: aterrizaje en Francia, enamoramiento de una française de souche, ruptura atroz, ilusiones perdidas, naturalización y posterior matrimonio con una cabilia culturalmente afín, cuyo único defecto consistía en trabajar para la petrolera francesa Total, de forma y manera que Mahmud debía concentrar sus clases en el primer semestre para invertir la segunda mitad del año en corretear esposa e hijas por los yacimientos petroleros del mundo. Durante ese primer semestre de soltería académica, Mahmud se enajenaba trabajando y eso incluía el asesorar a marchas forzadas a doctorandos adormilados a media tesis como yo. En octubre del 2005 la asesoría coincidió con obras profundas de plomería en su departamento del barrio de Barbès, por lo que solicitó asilo por una semana en mi estudio de Saint-Ouen. Acepté, temiendo que la propuesta incluía un viaje workohólico de 24 horas seguidas discutiendo cuál sería el mejor analizador morfosintáctico para mi trabajo de doctorado. Como Mahmud tenía la sangre caliente, las discusiones a veces alcanzaban la categoría de tormentas tropicales con amenaza de ciclón, cuando no de arremangarnos la camisa y arreglar las diferencias a chingadazos.

Curiosamente no fue una discusión académica sino literaria la que derramó el vaso de nuestra cohabitación efímera. Corría un domingo por la noche del mes de noviembre, ya empezaba a hacer frío y Mahmud y yo fumábamos narguilé de manzana en la estrecha cocina del estudio. Hablábamos de Mouloud Feraoun, escritor argelino autor del Hijo del pobre, libro que Mahmud me acababa de regalar. De Feraoun yo sólo había brevemente ojeado su crítica contra la postura de Camus ante la independencia de Argelia. A mí las críticas me parecían exageradas: Camus había combatido el fascismo desde el primer momento y su coherencia filosófica, política y literaria me parecían ejemplares. Mahmud corrió a bajar de internet el ensayo en donde Edward Said estudia la representación de los musulmanes argelinos en la obra de Camus para concluir que éstos eran colonialmente invisibles tanto en El Extranjero como en La Peste: la clarividencia filosófica de Camus, afirmaba Mahmud (la voz emputándose monotónicamente) tenía un punto ciego: haber ignorado la dominación colonial de la que él, por más modesto que haya sido su origen, era producto y por eso es que prefería a su puta madre que a la justicia. ¡Camus no tenía que darle cuentas a nadie de los temas de sus novelas! Es como reprocharle a Cervantes el haber ignorado el genocidio de Indias: un novelista no tiene por qué justificar las fronteras de sus novelas. El problema, gritaba ya Mahmud, es que esa invisibilidad aqueja también a los franceses de souche aquí y ahora: los franceses de origen extranjero somos invisibles, doblemente invisibles si tu nombre tiene consonancias árabes. Yo la verdad ya me había calentado con lo de la puta madre de Camus y supongo que también gritaba: ¿Qué prefieres entonces? ¿Al pitoflojo de Sartre apoyando entusiasta los atentados contra civiles de los independentistas argelinos, pero quien quince años antes había sido incapaz de tomar una posición clara contra los nazis durante la ocupación? Sartre me importa un rábano, manoteaba Mahmud: lo grave es que alguien con la estatura moral de Camus comparta punto ciego con el poder colonial: los dominados son para ambos invisibles. Como ya nos estábamos gritando, agarré y le dije: voy por una baguette para calmarme, pinche Mahmud. Y me salí.

No era esa noche de domingo la más apropiada para un paseo tranquilo en los suburbios parisinos. Hacía una semana, Muhittin, Zyed y Bouna, tres adolescentes inelegibles para la categoría de français de souche, saltan una barda y caen dentro de un transformador eléctrico mientras huyen de la policía. Dos de ellos mueren en el acto, y el tercero apenas la libra con quemaduras de por vida. Durante la siguiente semana, los disturbios prenden en la mayoría de las comunas de Seine-Saine-Denis (Sain-Ouen incluida) para propagarse luego al resto de Francia. Un mes después se hablará de nueve mil coches incendiados y más de dos mil personas detenidas. Pero la noche más violenta será ésta, la del domingo 6 de noviembre en donde en vez de las calles adormiladas entre el fin del asueto y el despertador del lunes me encuentro con un estacionamiento de armazones calcinados bajo el puente del periférico, como si del cumpleaños del señor Molotov se tratara. Pensé entonces: quizá Mahmud tenga razón: estos franceses confinados por varias generaciones en el cajón de los inmigrantes ya se hartaron de ser invisibles: ¿cuántas fogatas violentas hará falta encender para que la sociedad francesa los vea, ya no en el espejo distorsionado del paternalismo colonial sino en el de la igualdad franco_revolucionaria? Porque en efecto, el humo nocturno de las ruinas vehiculares no evocaba la Gaza de Netanyahu ni Los Ángeles de Rodney King, sino el París embarricado de Victor Hugo.

Yassine (en rehabilitación)

Durante las elecciones presidenciales de 2012, Charlie Hebdo crea propaganda electoral satírica para cada uno de los candidatos. El cartel que Charb dedica a Marine Le Pen, candidata de la extrema derecha, es marca más_literal_te_mueres: LA CANDIDATA QUE SE PARECE A USTED, bandera francesa, mierda humeante. No hay que perder de vista el juego de palabras entre ressembler (parecerse) y rassambler (reunir: la frase casi dice LA CANDIDATA QUE OS REÚNE). Marine Le Pen no reacciona ante la publicación del falso cartel en el semanario satírico, pero en cuanto un presentador de televisión pública, Laurent Ruquier, lo exhibe en su talk show nocturno, Marine interpone una demanda por difamación e injuria pública contra Charb y el dicho presentador. En este caso, los tribunales fallarán a favor de Charb y Ruquier (y la mierda). Por el contrario, en otra demanda relativa a un árbol genealógico con forma esvástica que Ruquier muestra en su programa, la justicia fallará a favor de Marine Le Pen. Con la mierda sí se juega: con la cruz gamada no.
La contraportada tradicional de Charlie Hebdo está dedicada a las portadas posibles de las que usted se ha escapado. En esta portada que nunca fue, correspondiente al segundo número de noviembre del 2011, Charb pinta a un soldado de Tsahal mostrando un ejemplar de una supuesta prima iraní de Charlie (Fatwa Hebdo) en donde, bajo el título de MOISÉS JOTO, el profeta judío retoma las estelares posturas que Charlie ha infligido ya a Cristo y Mahoma. ISRAEL QUIERE ATACAR IRÁN, clama el encabezado de la caricatura, mientras el soldado israelí pronuncia su descontento en la burbuja de diálgo: NO NOS GUSTÓ

Compartíamos recámara, fisioterapeuta y televisión. Nuestras respectivas rodillas rotas se restablecían lenta y trabajosamente: movimientos triviales para los que van por la vida viviendo de prisa, con la nariz sumida en las demasiadas obligaciones urgentes de la agenda y la secreta convicción de que el material anatómico no caduca nunca. A nosotros por el contrario nos dolían las rodillas en paralelo, generalmente por la noche, y el único consuelo para tal condición era un botón rojo cuya consecuencia causal inmediata era la aparición de una enfermera con morfina. Yo me había roto el ligamento cruzado anterior jugando al rugby; él se había reventado la rótula en un accidente automovilístico. Los dos salíamos recién del quirófano.

Yassine no era feo ni alto, había nacido marroquí pero se había vuelto francés por una extraordinaria peripecia burocrática en Bobigny; tenía dos hijas y una esposa guapísima, también marroquí, infaltable en los momentos más onerosos de la terapia, especialmente durante las sesiones de tortura del kinetec: un instrumento metálico diseñado para exigir circularmente a las rodillas hasta hacerlas ceder unos cuantos milímetros angulares más de flexión. La clínica estaba separada del Stade de France por un canal diagonal. Como era de esperarse de un centro médico ubicado en el corazón de Seine-Saint-Denis, la mayoría de los pacientes éramos inmigrantes o hijos o nietos de la inmigración: Fanta de Mali; Madame Shaib de Argelia; Madame Diop de Senegal. Todos nos encontrábamos en la sala de rehabilitación por la mañana, después del desayuno malhumorado con que las enfermeras nos sacaban a regañadientes de las magníficas ensoñaciones de la morfina.

Las circunstancias nos dividían en bandos: quienes habían nacido y crecido en Francia y quienes habíamos nacido en algún terruño exterior (en francés le bled, de ahí el gentilicio bledard). Las bledardes (o, si se prefiere, terruñeras) tenían fama de vivir confinadas en su casa, dentro de las normas del recato musulmán. En cambio quienes habían nacido y crecido en Francia, como Fanta, padecían una fama de moral distraída y consumo inmoderado de alcohol. Sin embargo, en el recinto confinado de una clínica, el afán de rehabilitación nos igualaba y esa horizontalidad era un verdadero jardín de las delicias para las confinadas, como Madame Shaib (ama de casa, cuatro hijos, velo riguroso y vida monacal); ella vivía la clínica como un milagro libertario en donde no tenía que cocinar ni ocuparse de sus hijos ni soportar los embates machos de su marido. Por lo tanto su trabajo terapéutico corría en sentido contrario al del resto: nosotros queríamos salir cuanto antes de la clínica, mientras que para ella el juego consistía en retrasar el mayor tiempo posible la rehabilitación para seguir siendo libre en ese lugar donde la vida se abreviaba en un solo objetivo: curarse y salir.

El espectáculo antropológico no tenía desperdicio y lamento el tener que reducirlo ahora a la prisa de la enumeración: estaba el negro Souleymane, que rondaba la clínica en silla de ruedas porque había recibido un balazo en la rodilla: él no se tragaba la morfina sino que, tras el generoso acto terapéutico de la enfermera, Souleymane escupía la gragea, la malversaba hacia sus bolsillos y a la mañana siguiente la vendía a través de la reja que daba al Stade de France. O estaba Anicet, el Guadalupano (no de fe, sino de la isla Guadeloupe) quien se había afeitado integralmente el cuerpo y durante la acuaterapia hacía muecas de asco ante nuestras axilas, piernas y entrepiernas infectadas de vello. Y estaba por supuesto Fanta, guapísima en su cojera de una rodilla hecha añicos en una moto de Bamako: su presencia en la sala de rehabilitación llenaba el aire de feromonas y silencio: todos deteníamos de un modo u otro nuestras respectivas rutinas para contemplar su paso. Ella también era floja para la rehabilitación, no porque deseara permanecer eternamente en la clínica, sino acaso porque esa belleza de africana espigada (esa gracia tubular) la habían acostumbrado a conseguir casi todo con un menor esfuerzo. Y, por supuesto, la enorme Madame Diop, obesa y piadosa a la vez: sus superlativos reposando sobre dos heroicas rodillas recién reforzadas con implantes de cobalto. Los demás la llamaban no por su nombre sino por el apodo hadja: tratamiento de respeto para los musulmanes que ya han cumplido con la obligación de peregrinar a La Meca.

A mi también me tocó apodo y no exactamente el más cómodo. Fue obra de Yassine. Se le ocurrió un día en que llegó una paciente tailandesa y yo junté las manos, incliné el cogote y saludé con respetuoso khap khun khap. También podía saludar en árabe egipcio, conversar fluidamente en español y fingir durante diez minutos que dominaba el alemán. No es que fuera políglota, sino que en nuestros mochilazos de estudiantes doctorales, Ada y yo jugábamos a aprender la cantidad mínima de vocablos locales para fingir durante al menos diez minutos que hablábamos la lengua del país. Vocablos indispensables: sí, no, compermiso, gracias, por favor, disculpe, y por supuesto las cifras del uno al diez. El juego había empezado en Egipto, cuando prohibieron la circulación de turistas extranjeros por la carretera que llevaba a los templos de Abu Simbel por miedo a un atentado. Las alternativas eran un avión carísimo o sendos atuendos egipcios (velo para ella, chilaba para mí) y nuestros diez minutos de falso árabe, el tiempo en el que un turbante con rifle entra en la camioneta, saluda con un assalaam alaykum y nos observa con recelo mientras por mi raza callará mi espíritu, travestido con el perfecto acento de quienes han practicado toda la noche la respuesta al tradicional saludo: alaykum salam wa rahmatu alahi wa barakatuh. El guardia cerró la puerta, el microbús arrancó y nuestro ¡a huevo! se escuchó hasta Abu Simbel.

Yassine propagó entonces mi nuevo apodo: el Mossad. El rumor decía que yo era un agente políglota israelí, entrenado a orillas del mar muerto y embarcado en inconfesable y peligrosa misión dentro de una clínica de rehabilitación de Saint-Denis. Mi poliglosia tenía sin embargo un límite: el verlán: un omnipresente laberinto léxico hablado mayoritariamente en los suburbios, en donde los sustantivos y los verbos invierten sus sílabas a punta de elisiones, apócopes e ingenio. Gracias a mi apodo, en verlán yo era un feuj (inversión de judío: juif); Anicet y Fanta eran renoi (inversión de negro: noir) y Madame Shaib una rebeu (inversión de beur, que literalmente, significa mantequilla y, en sentido figurado, persona de origen árabe). El nombre mismo del argot está invertido: verlan en vez de l'envers. Por eso no entendía yo nada en esa clínica: era el reino del revés.

Ahora que lo pienso, aquí en este ahorita en donde voy subiendo con un biberón tibio por las escaleras de una casa del Ajusco, a varios kilómetros y varios años de aquellas palabras tan chuecas y tan chidas, me pregunto si no habrá un brote de verlán ideológico aquejando a la clase intelectual francesa. Pienso en Alain Finkielkraut, hijo de un sobreviviente de Auschwitz, para quien Marine Le Pen y sus huestes filofascistas del Frente Nacional no representan para Francia una amenaza existencial comparable a la del fundamentalismo islámico. Y no es que Al Qaeda o el Estado Islámico sean defendibles, como no lo han sido nunca las guerras de religión, llámense cruzadas o conquistas. El problema son los corolarios y los atajos intelectuales que éstos abren al ser dados por ciertos: cuando no conoces a Shazam, a Mariam, a Mahmoud, cuando crees que el islam es una bolsa de palabras esencializantes (velo-corán-poligamia-halal-machismo-terrorismo) que amenazan la raíz cultural francesa, la conclusión lógica es: que se vayan. Y ese que_se_vayan huele a viejo perfume racista siglo XX: affaire Dreyfus, pogromos, deportaciones durante la segunda guerra. ¿Cuántas veces necesita Europa romperse los dientes contra la misma frase para entender que la amenaza existencial no está en el fantasma de ese otro, minoritario y extranjero, sino en su irreprimible pulsión histórica por estigmatizarlo para luego expulsarlo, cuando no exterminarlo?

En una discusión con Alexandra Laignel-Lavastine por France Culture, Jean François Bayart contaba que cuando invita a su casa a amigos sociológicamente musulmanes (creyentes o no, poco importa) el principal problema consiste en acordarse cuál toma alcohol y come puerco, cuál sólo es abstemio en Ramadán, cuál sólo come puerco a escondidas, cuál ni come ni toma, etcétera. Lo mismo concluye Nadia Marzouki en su estudio sobre una muestra de mujeres que adoptaron el velo, menos por convicción religiosa que por necesidades políticas internas a la pareja: el velo les da legitimidad en ámbitos íntimos desde donde es posible cambiar las prácticas. Pero esos movimientos infinitesimales en las placas tectónicas de la cultura son por supuesto imperceptibles en el corto plazo urgente de los debates mediático_electorales. El fantasma del islam al que se refieren Zemmour, Finkelkraut y Houellebecq no existe: existen musulmanes reales que van adaptando, improvisando y desplazando los significados simbólicos asociados a sus prácticas. ¿Es eso un peligro existencial para Francia? ¿O son las minorías violentas de turno, el equivalente actual de las Brigadas Rojas o la Accion Directa de los años sesenta, tan útiles para aprobar leyes contra_terroristas liberticidas? En esa misma discusión en France Culture, Alexandra dice: el principal peligro (la amenaza existencial) para Europa no es un utópico triunfo de la sharia (o ley islámica), sino el auge concreto y real de los partidos nacional_populistas de extrema derecha. Ahí sí nos van a volver a temblar los ligamentos, Yassine: cuando Marine Le Pen sea presidenta.

Sana (embarazada la fila en Bobigny)

¿BUENO, LA PREFECTURA? ES QUE ENTRA Y SALE, ENTRA Y SALE, ENTRA Y SALE... se "queja" una francesa de cepa conforme la caricatura del inmigrante negro, cuyo trazo respeta estereotípicamente el canon de la representación racista, se expulsa y se impulsa con regocijo allende las fronteras corporales de la muchacha.

Conocí a Sana en un congreso sobre resumen automático de textos. Era tunecina, venía de concluir su doctorado y el innovador método que presentaba se acababa de ganar el premio a la mejor ponencia joven del evento. A la luz de aquellas diapositivas densas de ecuaciones, nadie habría adivinado que Sana exponía su método desde dos discretos meses de embarazo.

Durante el café me acerqué con una pregunta (¿por qué no evaluó en crossfolding?). Tras las gafas rectangulares, su atención se enfocó sobre el gafete de identidad prendido de mi camisa: Comisión para la Energía Atómica... ¿no conocerás ahí a Gaël? Claro, es mi asesor de posdoctorado. Mira tú, replicó Sana: acabo de entrevistarme la semana pasada con él para una postdoc en paráfrasis. ¡Qué bien, y cuando te dan respuesta? Ya me aceptaron, sólo falta que la policía nuclear no encuentre pulgas fundamentalistes en mi pasado. Con el primero de mis diez habituales minutos de poliglosia, exclamé: Inch'allah! (ojalá). ¿Hablas árabe? (sonrisa empática). Shuaye, shuaye (dos tres no te impresiones), respondí, radicalmente abandonado por la modestia.

La referencia a la policía no era arbitraria: todas las contrataciones en el ámbito nuclear debían pasar tarde o temprano por los escritorios de la gendarmería, lo cual las volvía exasperantemente lentas. Después de la entrevista con Gaël seguía una sinuosa espera de tres o cuatro meses en donde la policía husmeaba pasado, presente y féisbuc del candidato buscando el menor rastro de extremismo religioso. El expolicía y jefe de seguridad de la comisión que aprobaba las contrataciones se llenaba la papada de orgullo: nuestros agentes entrevistan a tus vecinos para ver si no tienes hábitos raros. Habiendo bienlibrado la aduana policial, los posdoctorandos extranjeros entrábamos, burocráticamente hablando, en el primer círculo del infierno, es decir la siniestra prefectura de Bobigny, de la cual tanto el permiso de trabajo de Sana como el mío dependían por vivir ambos en los confines de la Seine-Saint-Denis, uno de los departamentos con mayor proporción de habitantes extranjeros en Francia.

Ya contratada en la comisión para la energía atómica, el azar quiso que a Sana le asignaran un escritorio en la misma oficina donde yo trabajaba. Los cinco meses de gestación de su mamífero sapiens sapiens (una niña) le daban hambre, belleza y volumen a su presencia. A las cuatro en punto íbamos juntos a la maquina distribuidora, ella por chocolate y yo por café, y durante el cuarto de hora que tardaba la pausa en transcurrir intentábamos resolver las diversas encrucijadas burocráticas que su trámite de permiso de trabajo iba librando. Bobigny no defraudó nunca nuestras dantescas expectativas. En vano intentó Sana formarse en la fila rápida para embarazadas: una funcionaria de triste líbido le miraba la panza y le decía que necesitaba un justificante médico de embarazo, porque de otra manera Sana era sencillamente una gorda y a las gordas les tocaba formarse en la cola de cinco horas.

En Bobigny, el menor trámite requería que el extranjero llegara a las 6 de la mañana, esperara tres o cuatro horas a la intemperie y luego propinara codazos y descortesías todo alrededor con tal de obtener una ficha para acceder, sumándole otra hora y media, a cinco minutos de entrevista vía una ventanilla blindada con un burócrata triste y lívido quien, además de desconocer los trámites, tenía una desquiciante tendencia a tener prisa o estar de malas o no querer saber nada de nadie. En los mejores años del gobierno de Sarkozy y su siniestro ministro del interior, Claude Guéant, aquello era una armée mexicaine (en francés, la expresión ejército mexicano designa una situación caracterizada por un alto grado de desorganización y caos) en donde funcionarios y policías recibían la negligente consigna de maltratar a los inmigrantes, desesperarlos, desinformarlos hasta que se desgreñaran entre ellos con la secreta intención de sacarles el tapón del hartazgo y ya en plena ilegalidad enviarlos a engordar las estadísticas de los deportados, orgullo de un gabinete cuyo objetivo máximo era seducir al votante promedio de la extrema derecha.

Llegó el sexto mes de gestación y del permiso de trabajo de Sana no había todavía noticias. Antes de emprender el viacrucis rumbo a Bobigny, Sana se armó de un justificante de embarazo con el cual librar la mala cara de la policía que le abrió paso hacia la fila corta. Ya en ventanilla, la burócrata de turno (Sana reconoció su acento: era también tunecina) le dedicó tres miserables minutos con el resultado habitual: sin novedad sobre su trámite, vuelva dentro de un mes. Pero estoy contratada y trabajando sin visa: soy deportable. No es nuestro problema. Además, dentro de tres meses nace mi niña y sin papeles no puedo acceder a la cobertura de salud pública. ¿Qué su marido no tiene seguridad social? No tengo marido. La burócrata no portaba velo que cubriera su cabeza ni ningún otro signo de pertenencia religiosa, y no lo necesitaba: la mirada que la mujer ventanilla le infligió a Sana concentraba ese particular desprecio moral del que sólo son capaces las religiones nacionales. Inscriba entonces a su bebé en la cuenta de su papá, musitó desde el cristal blindado. El papá se regresó a Túnez para siempre, ¡mi beba no tiene papá, yo no tengo marido, pero tengo un contrato de trabajo válido en la Comsión para la Energía Atómica! ¿por qué no es suficiente? Vuelva dentro de un mes, o más fácil: regrésese a parir a Túnez... ¡el siguiente!

La mujer ventanilla blindada desvió la mirada hacia un horizonte imaginario a espaldas de Sana, en donde su embarazo, su madresoltería (tan contraria al buen islam) y hasta su contrato de trabajo con la Comisión para la Energía Atómica desparecían en la lontananza de lo legalmente invisible por inmigrante. El argelino inválido que desesperaba turno detrás de ella la hizo a un lado con un educado golpe de muleta y Sana se quedó de pie a un costado de la fila, sobándose el vientre con la vaga esperanza de que esas caricias protegerían a su hija en devenir del tren burocrático que acababa recién de atropellarla a ella.

Sigue aquí un largo e intrincado trámite en donde Sana rebota de una ONG a otra hasta que alguien con buen corazón le aconseja que mude su residencia a algún distrito de París intramuros (mientras más burgués, mejor), donde las prefecturas tienen reputaciones menos salvajes que en Seine-Saint-Denis. Tras varias noches de duda y reflexión, Sana sube a hablar con su casera, una jubilada judía, exproductora de radio France Culture, quien le renta la planta baja de una casa de dos pisos en Villetaneuse, por lo cual además de casera y vecina, Jeannine funge también como consejera gastronómica, prestamista ocasional de recetas y cubos de azúcar y beneficiaria fiel de los servicios de asistencia técnica en informática para amigos que Sana provee sin costo alguno cuando la computadora de Jeanninne contrae virus. El tranco embarazado de Sana sube las escaleras de una en una con la misma mala noticia en cada pie: tengo que dejar mi querida planta baja para mudarme rápido a París si pretendo arreglar mi permiso de trabajo. ¿Pero cómo es eso de que ya estás trabajando y no tienes permiso, niña mía? Sana emprende entonces la improbable aventura discursiva de explicar por enésima vez lo que no tiene sentido: la ultra policiaca comisión para la energía atómica me firmó un contrato de trabajo con visa en trámite, pero no contaba con que en la prefectura de Seine-Saint-Denis ese trámite tarda siglos, y para acabar de complicar las cosas, sin una visa de trabajo válida no tengo acceso a la cobertura de salud pública que me permita dar a luz a mi niña sin pagar una fortuna. ¿Entonces ya no andas con Ibrahim? El cabrón de Ibrahim se volatilizó rumbo a Túnez hace seis meses, después del café en donde le dije que estaba embarazada. ¡Putain, les mecs!, estalla Jeannine con un gruñido harto, que podría traducirse onomatopéyicamente como ¡pinches hombres!

Luego, sin el menor asombro de pánico, curtida en mil y un batallas contra la tentacular burocracia francesa, Jeannine se ajusta las gafas, examina los documentos con parsimonia. A ti no te van a rentar nunca un departamento en el ultraburgués distrito 16, dictamina Jeannine, pero creo que yo te puedo ayudar por otros medios, sin que tengas siquiera que cambiarte de casa: tú tranquila y yo nerviosa: tu niña va a nacer en Francia, en brazos de la cobertura de salud universal. Mira, no se lo vayas a decir a nadie porque me da un poco de vergüenza, pero yo tengo un primo guapo, alto y simpático cuyo único defecto es que es muy de derecha, tan de derecha que hasta trabaja con Sarkozy, ¿te imaginas? Le voy a hablar para ver si nos puede destrabar este asunto, ¿vale? Sana bajó las escaleras hacia su planta baja sobándose el vientre, convencida de que la historia del primo sarkozista pertenecía al dominio del pensamiento mágico jubilado.

El primo de derecha de Jeannine resultó ser el director general de la policía nacional, excompañero de banca en la escuela primaria de Nicolás Sarkozy. Dicho primo emplea a un expolicía que se encarga exclusivamente de la multitud de favores que le solicitan sus allegados. El expolicía le da cita a Sana en un café del 7o distrito, casi esquina con Torre Eiffel, y Sana, más embarazada que nunca, le expone su situación. El expolicía le llama al secretario de gabinete del prefecto de la Seine-Saint-Denis, quien les da una cita al día siguiente con una asistente suya que se encarga, precisamente, de los favores para los allegados del prefecto. No pasa ni una semana cuando Sana es citada en la puerta 11 de la prefectura de Bobigny, nada lejos de aquella ventanilla blindada donde en tantas ocasiones la mandaron derecho al diablo. Al abrirse la puerta, Sana camina sobre una alfombra en silencio. Una distinguida señora la recibe con un voluminoso fólder donde Sana reconoce su apellido. Todo es un lamentable error, le explica. Su expediente de permiso de trabajo fue enviado por error a Cadarache, en el sur de Francia, en donde la Comisión para la Energía Atómica tiene instalaciones. La prefectura de Cadarache la estaba esperando a usted allá para emitirle su visa de trabajo. Todo está arreglado ahora, estamos repatriando el expediente a nuestra prefectura, de aquí saldrá usted con un permiso temporal en regla, necesario para que no la deporten en caso de control por la policía, y en un mes le entregaremos su permiso de trabajo definitivo.

Blindada de influencias, Sana se plantó frente a la ventanilla de siempre para presumir su permiso ante su (entre comillas) compatriota tunecina, pero ésta fumaba en el patio de atrás de la prefectura, en un lugar inaccesible para las venganzas simbólicas de Sana. Y hablando de venganzas: pendejo Ibrahim, pensaba concurriendo al balanceo lateral de su vientre: te hubieras quedado conmigo y ya hasta papeles tendrías.

El papá de Baptiste (y su peda nacional_populista)

MAHOMA, REBASADO POR LOS INTEGRISTAS intitula Cabú esta caricatura en donde el profeta se lleva las manos a la cara en llanto: QUÉ DIFÍCIL ES QUE TE ADORE TANTO PENDEJO. Ésta es la primera plana del número correspondiente al 8 de febrero del 2006, en cuyas páginas interiores la redacción de Charlie decidió publicar las polémicas caricaturas de Mahoma del diario conservador danés Jyllands-Posten. Este número le valió a Charlie una demanda, objeto del documental de Daniel Leconte C'est dur d'être aimé par des cons, que recibió una segunda ronda de exhibición en salas cinematográficas justo después de los atentados. El documental revive a Cabú explicando porque la última S de la palabra INTEGRISTAS se intersecta en el dibujo con el turbante del profeta: precisamente para impedir que los héroes del fotoshop recortaran sólo el cuerpo del profeta y la burbuja con su lamento, excluyendo el título con la intención de extender la amplitud del epíteto PENDEJO a todos los creyentes del islam, cuando en realidad su objetivo obvio eran sólo los extremistas. Ahí, en ese profeta llorón, ciego de lágrimas con las manos contra el rostro, está el corazón de eso que el filósofo Edgar Morin llama una contradicción insoluble (de proporciones gödelianas, si se me permite la hipérbole): ¿por qué la libertad de expresión prima sobre el derecho a respetar eso que fieles y creyentes consideran como sagrado? Incluso justo después de los atentados, hubo voces (como la del economista Olivier Berruyer) que rehusaron la etiqueta #JeSuisCharlie en nombre de una empatía laica, capaz de entender que en las culturas se construyen núcleos sagrados, supuestamente trascendentes, que escapan a la mofa, la blasfema y el humor, que son serios, silenciosos, rezumantes de más allá. En Francia, los chistes, la puesta en duda o de plano la negación del holocausto judío han llevado entre otros al humorista de extrema derecha Dieudonné a la antesala de la prisión, y si bien para el racionalismo ilustrado no hay punto de comparación entre una creencia religiosa y un hecho histórico demostrado y documentado, para los adolescentes del suburbio parisino, hijos o nietos de emigrantes, más o menos practicantes del islam, sociológicamente árabes pero culturalmente franceses, la encrucijada no les da elementos para responder a una pregunta, tramposamente planteada : ¿por qué se puede caricaturizar al profeta pero no al holocausto? Michel Onfray adelanta un principio de respuesta: Había que ser Charlie, bajo pena de ser Dieudonné... Para Onfray, el atentado contra Charlie (y los subsecuentes horrores maca aeropuerto de Bruselas o Bataclán) son la respuesta de la barbarie islámica a la barbarie occidental que bombardea Levante y Medio Oriente con el pretexto de implantar a la fuerza derechos humanos y democracia. Y Edgar Morin sintetiza: Estados Unidos y sus aliados jugaron al aprendiz de brujo en Medio Oriente. con una resultante evidente: radicalización, califato, Estado Islámico y la esencialización como única lupa de lectura de este ojo_por_ojo-barbarie_por_barbarie global.

Nos mudamos a Saint-Ouen en el verano del 2005. Poca gente nos saludaba en el barrio, éramos un par de sospechosos inmigrantes que se iban a trabajar por la mañana, regresaban por la noche y los fines de semana aparecían de pronto en la panadería, el supermercado o la farmacia. Todo cambió cuando nació bebé Darío. Como si la fertilidad hubiera abierto alguna puerta hacia la integración, los vecinos nos saludaban, se interesaban por el niño, se detenían a conversar. Hasta la vecina de la casa de enfrente, que llevaba años sin hablarnos desde alguna fiesta con cumbias particularmente intensas, cruzó la calle, dijo hagamos la paz y le dio un muñeco de peluche a Darío. Rara sociedad esta, en donde te tienes que reproducir para dejar de ser invisible.

La fortuna quiso que aceptaran a Darío en la guardería del barrio. Obtener lugar en guardería es muy difícil: la tasa de natalidad es alta en Francia (el asunto de la súbita gentileza de los vecinos quizá explique el porqué) y los lugares en las guardería del estado están contados. En esa guardería en especial, las puericultoras habían implementado un sistema de sensibilización temprana para la igualdad de género. Las muñecas no estaban excluidas del horizonte lúdico de los niños, las herramientas tampoco del de las niñas y la biblioteca había sido cuidadosamente espulgada de libros cuyo contenido adolecía de estereotipos machistas: el papá oso con corbata y pipa ve la tele en el sillón mientra la mamá oso cocina en delantal rosa.

Baptiste era el mejor amigo de bebé Darío. Pateaban el balón juntos en el parque al salir de la guardería y nos poníamos de acuerdo con sus papás para llevarlos al unísono a la alberca municipal. Los papás de Baptiste eran gente franca: él empleado de aseguradora, ella restauradora de autómatas del siglo XIX en el mercado de pulgas de Saint-Ouen. Vivíamos a tres o cuatro cuadras y cuando caían trámites o mandados imprevistos, los unos cuidábamos al chiquillo de los otros en un clima de confianza total. Cuando dejamos la casa, el barrio y el país para intentar el regreso a México, los papás de Baptiste nos cuidaron al duende durante el tortuoso proceso de empacar quince años en seis maletas. La última noche antes de tomar el avión, nuestros vecinos organizaron una cena de despedida para los niños a donde vinieron varios papás de la guardería. Había de todo, pero sobre una melancolía anticipada por todas esas delicias que estábamos a punto de dejar de comer.

En mi primer regreso a Francia, me detuve a visitarlos. Habían transcurrido apenas unos meses de nuestra mudanza transatlántica y patear las calles del barrio en donde habíamos pasado nueve años era una prueba de resistencia atlética para la nostalgia. Llegué al grado absurdo de pasearme por los anaqueles del supermercado, suspirando frente a los botes de leche que habitualmente compraba para bebé Darío: orgánica, en polvo, imposible de conseguir en México. Hacía calor, el barrio estaba soleado como cuando inflábamos la alberca plástica para que el niño chapoteara en el minúsculo jardín o, mejor aún, cuando metíamos la carriola en el infinito autobús 166 y nos subíamos después al viejo tren de vapor del parque Chanteraines, para el gran beneplácito de bebé Darío.

Los papás de Baptiste habían preparado una de esas secuencias gastronómicas a las que Octavio Paz apodaba teoremas: aperitivo, entrada, plato fuerte, quesos varios, ensalada, postre, digestivo, cada etapa con su propio y distintivo vino. Había también uno que otro amigo de la guardería, con quienes intercambiaba fotos de nuestras respectivas descendencias, ¡mira qué grande está Darío!, todo esto mientras los niños correteaban alrededor de la mesa en donde los platillos populares, honestos, sencillos de cocina francesa hecha en casa, se sucedían entre percusiones de cubiertos e interjecciones de placer.

El tema de la inmigración aterrizó entre el queso y la ensalada, de lleno en la conversación. El papá de Baptiste ya tenía los dientes frontales manchados de vino tinto, prueba inequívoca tanto del sostenido ritmo de ingestión como de la sinceridad de sus argumentos. No tenía mucho que la alcalde comunista de Saint-Ouen había cerrado un campamento con más de 800 gitanos con la esperanza de ganar unas elecciones que al final había terminado perdiendo, pensaba yo y tuve a bien decirlo en voz alta. El papá de Baptiste arguía que el campamento era ilegal y que además los gitanos estaban sobre unas vías de tren que alimentaban de carbón una central de calefacción parisina. Hasta ahí estábamos aún en el terreno de los argumentos. El problema es que el papá se fue de largo: son los gitanos, y en general los inmigrantes, los que se roban nuestras ayudas sociales y nos quitan nuestro trabajo. Ante el tradicional discurso de la extrema derecha, le di un trago al magnífico tinto de Borgoña preguntándome si el hecho de concebir un hijo en Francia no nos había a tal grado integrado que ahora nuestra proveniencia étnica y geográfica era perfectamente invisible: ¿cómo puedes decir eso delante de un inmigrante?, pregunté.

Pero ya en caída libre por su montaña rusa discursiva, el papá de Baptiste se sinceró: la gente ve muy mal a Marine Le Pen, pero a mi me parece que a veces dice cosas simples y ciertas. Además, tú ya no eres un inmigrante, ¿tú ya eres francés, no? Sí, soy francés naturalizado, pero pasé once años como inmigrante, sufriendo maltratos indignos de un perro en la prefectura de Bobigny. ¡Pero es que son milles, por no decir millones, y nos van a quitar nuestro trabajo y van a construir mezquitas y van a llenar esto de olores desagradables! ¡Esto que es nuestro! Yo nada más me llevaba las manos al rostro con la desesperación propia del que no encuentra las palabras ni las ideas por encontrarse en lo más profundo del proceso digestivo, cuando no de la imposibilidad del lenguaje.

En eso, el papá de Baptiste se sentó junto a mí y me preguntó: ¿tú ya te hiciste francés, verdad? Sí. Dime para ti qué significa entonces ser francés. Recuerdo que le robé al medio ambiente una gran bocanada de aire y corté un trozo de esa memorable baguette tradicional, dura y suave a la vez, concentrado de trigo y saber inmemorial de este pueblo. Baguette tradicional fabricada por un par de panaderos tunecinos, seguramente musulmanes (¡yo los vi una vez haciendo el ramadán! ¿los denuncio ahora?). Baguette con la que nutríamos cotidianamente a nuestros hijos. ¿En serio, Europa, vas a volver a los tiempos en los que le espulgabas el origen étnico a la baguette? ¿Qué no entiendes, chingá?

Masticados y deglutidos tanto el bocado de pan como el monólogo interior, miré al papá de Baptiste con ojos seguramente inyectados ya del espíritu de ese maravilloso digestivo de Calvados que estaba siendo servido, y respondí: yo llegué a este país hace trece años, como estudiante de maestría. Entonces era yo un mexicano egresado de una universidad privada, católico, clasista y macho. Trece años después soy perfectamente ateo, creo en el servicio público para todos (salud, bibliotecas, piscinas: lo que he aprendido aquí) voto a la izquierda de la izquierda en ambos países, preguntándome sinceramente si no sería mejor dejar de votar y pasar a organizarnos desde abajo como dicta el canon anarquista inaugurado por la comuna de París en 1871; tengo a mi hijo en una guardería en donde le enseñan que hombres y mujeres son iguales y me la paso balanceando el reflejo cultural machista de enjaretarle el niño exclusivamente a la mamá, para distribuir equitativamente las tareas y trabajos propios de su cuidado, intentando así ser un padre tan capaz de cambiar pañales, preparar biberones, leer historias y dar cariñito calmante en proporción equivalente a la que recibe de su mamá. Este largo aprendizaje puede resumirse en una frase concentradora de una idea que (al menos en su vertiente laica, por no decir atea) fue por primera vez pensada aquí, durante ese periodo histórico que en francés se llama simplemente Las Luces pero en español designamos como Ilustración: TODOS SOMOS IGUALES. Esa sola idea, llana, concreta, simple, logró que el mexicano clasista, intrínsecamente racista y macho que yo era se haya atrevido a emprender el vuelco existencial. Todos somos iguales: tú, tu jefe en la aseguradora, el ciudadano europeo que vive en las camionetas de acá, junto al periférico y a quien los medios esencializan como El Gitano (y a quien Ada le llevó todas las pertenencias que ya no iban a caber en las maletas de la mudanza, nomás por el puro gusto ideológico de contradecir a Sarkozy), Marine Le Pen, Eric Zemmour, Michel Houellebecq y el rector de la mezquita de París: todos iguales: ¿Te das cuenta de la revolución íntima que esa frase puede causar en quienes crecimos en lugares propicios a la discriminación, la violencia de clase y la dominación machista? ¿Por qué entonces, si la frase surgió, creció y se reprodujo aquí, tal como esta baguette tradición, no se la ponen, la aplican, la practican? ¿Por qué cada cincuenta o cien años les pica el sempiterno mosco de que el gitano, el judío, el árabe, el inmigrante tiene que tener la culpa?

Entonces el papá de Baptiste se levantó de la silla, me pidió que me levantara y me plantó un sonoro beso en cada mejilla. Y yo recordé aquella frase de Monsiváis: o ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba yo entendiendo. Por supuesto que no cambió un ápice su manera de pensar. De pronto me pregunto cómo pude encargarle a mi hijo a un potencial votante de Marine Le Pen, pero ahí al fondo hay una intuición que confía y me asegura que lo volvería a hacer. ¿Lo volvería a hacer? ¿Hasta qué punto los vínculos afectivos se pueden divorciar de la política?

Monsieur Tétard (corriéndome de su casa)

¿Qué hay bajo el nombre? El Charlie de Charlie Hebdo contiene, en sucesivos estratos semántico_históricos, al general Charles de Gaulle, a la proscrita revista de monos Hara Kiri, una respetable colección de demandas judiciales, un par de hermanos islamistas armado_adoctrinados, y al final el terror del adjetivo monstruoso sobre el participio atentado con siete caricaturistas asesinados como objeto. Resumiendo en un recuadro: todo empieza con trágico baile en un pueblo perdido de los Alpes a principios de noviembre de 1970: la discoteca se incendia con saldo de 146 víctimas, la mayoría menores de edad. Algunos días depués, el 9 de noviembre, el prócer Charles de Gaulle fallece en su casa de Colombey-les-Deux-Églises y el semanario satírico Hara-Kiri publica una sobria primera plana: TRÁGICO BAILE EN COLOMBEY: UN MUERTO. El chiste cae indigesto en un aire cargado de luto nacional y el primer ministro de aquel entonces prohíbe la aparición de la revista Hara-Kiri. Mas los moneros proscritos están determinados a continuarla bajo otro nombre, y así es como el 23 de noviembre de 1970 aparece el primer número de Charlie Hebdo, en referencia al prócer cuyo chiste les había costado el changarro (y acaso también al Charlie Brown del cómic Peanuts, cuyas viñetas aparecen en ese número inaugural). Dos de aquellos caricaturistas fundadores, Cabu y Wolinski, serán asesinados en el atentado de enero del 2015.

Les presento a Monsieur Jean Christophe Tétard: nuestro egregio director de laboratorio y asesor de doctorado. Esa tarde había invitado a algunos exalumnos a tomar el aperitivo para celebrar su jubilación reciente. No estaban todos: faltaban quienes se habían peleado con él en el transcurso del doctorado y no eran pocos. Estábamos ahí los que, además de sudar la academia gorda bajo su férula, habíamos logrado a la vez sobrevivir a la política de sus dogmas, apreciando a la vez su talante de intelectual postestructuralista total, capaz de generar teorías fuertes, elegantes, ciertamente inútiles pero a la vez potencialmente capaces de explicar el mundo. Qué diferencia con los científicos de ahora, embebidos en su prisa por publicar el monolítico mantra de mejoré empíricamente el estado del arte en 0.03% sin necesidad de posición teórica al respecto.

M. Tétard estaba casado con una lingüista rumana que le sacaba diez o quince centímetros de altura y veinte o treinta referencias bibliográficas anuales: ella dirigía un laboratorio de antropología lingüística con una reputación científica envidiable. A simple vista, la mala era ella y el bueno era él. Ella: pelo corto, ojos negros sin fondo, ojeras de trabajo atroz, complexión aplanadora. Él: chaparro rollizo, calvo, canoso y bonachón. Sin embargo con las primeras gotas de conversación, tal impresión se invertía: el fraseo de ella venía impregnado de humor, ternura y autoridad más generosa que autoritaria, mientras que la silueta bonachona de Monsieur Tétard escondía a un polemista lúcido, necio o altanero y progresivamente colérico, de una cólera que le iba sonrojando primero la calva y luego, en trayectoria descendiente, el resto de las facciones que se desfiguraban en cámara lenta y clave regañadiente.

Los extranjeros apreciábamos particularmente al viejo maestro. La carta de aceptación universitaria era un requisito indispensable para obtener la visa en la prefectura, y Monsieur Tétard las otorgaba con una ligereza universal (de mongoleses a canadienses, de uruguayos a sirios), que no intelectual, pues la maestría exigía un promedio mínimo para acceder al doctorado. Pero lo que en otros laboratorios más serios podría constituir un obstáculo (carencia de financiamiento, límite máximo de doctorandos, recursos materiales limitados) acá no lo era: en algún momento M. Tétard llegó a dirigir él solo a 30 doctorandos. Dirigía, claro, entre comillas, corchetes y paréntesis: en mis primeros dos años de estudios lo vi una vez al año, siempre con el bien instalado miedo del discípulo vacío antre la locomotora intelectual del maître à penser que él sabía tan bien infundir. En el tercer año de doctorado la frecuencia de las citas de revisión de tesis aumentaba, para alcanzar el frenesí de una cita semanal poco antes de la defensa. Ahí es cuando uno en verdad lo conocía: erudición implacable, lucidez constante, cero tolerancia a la crítica y el permanente riesgo de una de esas explosiones de bilis iracunda que le sonrojaban enteramente la epidermis y nos hacían entre temer y desear la posibilidad de un infarto.

El aperitivo había transcurrido en una calma tranquila, hecha de esa paz cordial que se instalaba en el aire cuando nadie lo contradecía, cuando todos aplicábamos sobre su ego la pomada de la admiración, real o fingida. Yo estaba en París por el trabajo, Ada y Darío se habían quedado en México, así que en vez de regresar al hotel a extrañarlos me quedé un poco más con el viejo maestro, cuando ya todos se habían ido, rompiendo las reglas no escritas de esa invitación tan extraña y tan francesa del aperitivo: un chupe, unos canapés y luego hay que respetar la etiqueta de despedirse y retirarse escrupulosamente antes de la cena. No obstante los extranjeros, siempre exóticos, siempre con unas gotitas de acento, siempre expuestos a que nos feliciten por lo bien que hablamos el francés o a que nos pregunten si pretendemos regresar a nuestro país de origen así llevemos ya 15 años en Francia, gozamos también de cierta tolerancia ante las normas de la etiqueta: la mayoría de los invitados ya se habían ido, Madame Tétard calentaba ya la cena en la cocina, exclusivamente familiar por supuesto, pues el aperitivo se acababa con los primeros olores a sopa de yogurt (especialidad rumana). No era mi intención que Madame Tétard me invitara a cenar, vulnerando las más elementales reglas que regulan el aperitivo, pero a mí la invitación me convino e, ignorante de que media hora después su marido me estaría corriendo de la casa, acepté encantado.

Hasta la fecha ignoro qué mosca ideológica le picó a Monsieur Tétard en la cabeza durante esa cena. Por supuesto, el atentado contra Charlie Hebdo saltó a la conversación (¿quién lo trajo?). Vista la cantidad de sirios, argelinos y tunecinos que Monsieur Tétard había reclutado en su laboratorio, no había la mínima sospecha de racismo a ese respecto. Por eso abrí los grandes como girasoles sorprendidos cuando el maestro lanzó su anatema: el islam es una religión de bárbaros. Yo sabía que el maestro daba una o dos clases por semana el el Instituto Católico del barrio latino. También sabía que los domingos iba (reliogiosamente, si se me permite el adverbio) a misa. Yo no voto socialista, pero estoy de acuerdo con el primer ministro en que el fanatismo islámico puede volverse el equivalente contemporaneo del nacional socialismo: los barbudos son los nuevos nazis. En retrospectiva, pienso que debí entonces conectar la boca con el cerebro, pero mi ateísmo radical tomó la delantera: el problema no es el islam, sino la religión en general; y todas las religiones han tenido su momento fanático: cruzadas y conquistas para los católicos, guerras de compasión para los budistas zen japoneses aliados del emperador, y por supuesto las atrocidades del Estado Islámico en Levante. La barbarie no es monopolio de una sola religión, sino una consecuencia posible del fanatismo religioso de cualquier índole, agregué. Y tras pronunciar el punto y a parte de mi frase, sentí como Monsieur Tétard se sonrojaba de cólera y recordé nuestras reuniones semanales al final de la tesis. El islam aquí y ahora es una religión de barbarie, insistió, subrayando su dicho sin argumentación de por medio. Pero ya era muy tarde: el aguardiente rumano, la champaña del aperitivo y quizás un resabio deseo de revancha por aquellas reuniones ciertamente humillantes de revisión de tesis, donde el disenso intelectual era impensable, me aflojaron la lengua y acaso el gusto por la provocación: eso es exactamente lo que piensa Marine Le Pen, agregué, y es una pena que académicos e intelectuales caigan en la trampa retórica de satanizar a los musulmanes de la misma manera que en la preguerra se satanizaba a los judíos: definitivamente Europa no aprende. La inmigración puede ser también una riqueza, y lo que yo no entiendo es la indiferencia cultural de los franceses de souche ante la población de origen musulman: ¿qué les cuesta aprender tres palabras en árabe, cuestión de cortesía, de ir hacia el otro, de no poner en tela de juicio la legitimidad de su presencia? ¡Váyase usted a echar salamalekums a otro lado: no aquí en mi casa, no en esta mesa, no después de la atrocidad de Charlie Hebdo!, tronó Monsieur Tétard mostrándome la puerta: a mí no me vas a acusar de Lepenista por decir la verdad: esos atentados son obra del islam, que es una religión de bárbaros.

No llegué al plato fuerte. Y mira que olía bien. Tanto Madame Tétard como su primogénito, un estudiante universitario de física, intentaron razonarlo pero Monsieur Tétard no se movió un milímetro: yo debía levantarme de la mesa e irme: mis argumentos eran indignos. Lo último que escuché antes de cerrar la puerta por fuera fue un ¡assalaam alaykum y saludos para tu imám! en donde la ironía desaparecía bajo el enojo. Un mes después recibí un escueto correo en donde Monsieur Tétard se disculpaba con dos líneas breves entre las cuales se podía advertir que su convicción era la misma pero había que guardar las formas. ¿Qué le pasó a la ilustración francesa, que en esa noche de enero se fue a dormir con sus luces y despertó reencarnada en racismo disfrazado antiterrorismo?

Charlie al revés

Primera portada del Charlie post_atentado, de cabeza para apreciar tanto la inocencia y fraternidad del mensaje que el famoso por blasfemo mono profeta transmite al derecho (TODO ES PERDONADO: YO SOY CHARLIE, lágrima al ojo) como el dedo de honor que acaso el monero Luz le haya dedicado a los extremistas al revés.

¿Qué clase de mundo se necesita para que un periódico en permanente amenaza de quiebra, sin publicidad pagada alguna, autodescrito como periodismo irresponsable, que nació marginal entre marginales en 1970 como refugio para un grupo de moneros arrepentidos tras un mal un chiste sobre la muerte de Charles de Gaulle, y cuyo motto existencial fue la carrilla, padezca el asalto de dos islamistas encapuchados, armados hasta los dogmas, tocando la puerta de su sala de redacción y luego bañando en mansalva de balas a una cuadrilla de dibujantes y aledaños (dos cuarentones, tres viejitos, un corrector de estilo musulmán, una psicoanalista judía y un economista), todos por supuesto desarmados, para ser después catapultado sin piedad al purgatorio de la fama fatal, en donde las arcas de la redacción se llenarán de donaciones internacionales y todos los tuits del mundo militarán por la etiqueta #JeSuisCharlie durante 15 minutos y las plazas públicas reventarán de indignación manifestante y los estadistas europeos que antes eran objeto de mofa figurativa o bufa abstracta ahora corearán el nombre del periódico que se cagaba en ellos por las calles enlutadas de París?

Un mundo de cabeza, por supuesto, en cuyo viceversa ético la sangría de los periodistas mexicanos es tan normal como las pavorosas balsas infantiles del Mediterráneo emigrante o el gota a gota del tic tac femincida: de Ecatepec a Ciudad Juárez, una mujer muerta cada cinco horas, puntualmente leída por nosotros desde la buena consciencia horrorizada de mi iPhone, por donde pasaron también, en su momento, los metales pesados de la guerrilla del Congo y las manos electroartesalanes de un empleado chino de Foxconn, ese que se suicidará una vez terminando de ensamblar mi producto, aplastado bajo condiciones laborales que serían anómalas incluso entre las páginas de Los Miserables, pero que aquí en nuestro ahora se normalizan gracias al tsunami informativo y productivo del cotidiano, que sumergirá mañana los más atroces atentados en el olvido.


voltearnos todos como volteó luz al profeta: voltearte empáticamente hasta ser capaz de ser el otro, incluso una semana después de que te ha asesinado.

Sí la topología poética existiera, volteando de cabeza al mono profeta de Luz

luz voltea física, religiosa, moral mente ideológicamente al profeta: todo es perdonado

Un mundo al revés, en donde una alternativa viable es ese profeta fraterno, casi infantil, ataviado de blanco y verde, un profeta bueno que perdona lo imperdonable conforme te mienta simpáticamente y la madre, al tiempo que funde definitivamente su nombre con el de sus verdugos. La mano dibujante de tan generoso y manchado profeta pertenece a Luz, monero de genio a quien el azar puso a salvo de la masacre, pues se encontraba de viaje en Londres el día del atentado. Sin embargo la mejor caricatura política de luz no está en papel, sino en las cámaras de televisión que filmaron la megamarcha #JeSuisCharlie posterior al atentado, jefes de estado y pueblo confundidos. Justo cuando en presidente François Hollande infligía un pésame solemne sobre los sobrevivientes, una paloma anarquista tuvo el bueno tino de defecar sobre el saco del señor presidente con precisión y acidez semejantes al humor de Charlie. Doble suerte la de Luz: elegir el fin de semana del atentado para ir a Londres y abrazar al presidente mientras una paloma lo defeca.

Darío se termina su biberón. ¿De que están platicando?, dice mientras despierta. Ada enciende el fuego de esta, nuestra chimenea calientita del Ajusco. Yo intento armar un desayuno, distraído como estoy por la metáfora triple del presidente, el monero y la paloma. Un chiste universal. Si Shazam, Mariam, Mahmud, Monsieur Têtard y el papá de Baptiste vinieran aquí y ahora a desayunar tlacoyos del Ajusco, seguro nos pondríamos a reír juntos de la paloma que cagó al presidente durante el pésame.

TODO: ¿qué haría falta? ¿terroristas y moneros en la misma mesa?

TODO: ZIDANE en el 11M

Y también a discutir sobre el hecho de yo ande adjuntando a este dicho las incendiarias caricaturas de Charlie, a pesar de todos esos musulmanes queridos y conocidos que conviven en mi. Gracias a la digestión de la paloma, podríamos entonces desmenuzar la contradicción insoluble de Morin para poner en su lugar tanto la empatía respetuosa de lo sagrado ajeno como a esta deliciosa carcajada de la libertad de expresión blasfematoria. Lo único que necesitamos es la metáfora de la paloma y un tlacoyo del Ajusco. Y hacer a un lado la prisa productiva ultra_capitalista y la adicción por la utilidad para crearnos este espacio de tiempo común tranquilo. Y sí, ya con este espacio y nuestra amistad fraterna y también con el calor de la chimenea podríamos dialogar despacito, con escucha pero sin estruendo, para así entendernos y arreglar en voz baja el mundo sin que nadie lo note.