Noche Amaranta

De malversando.txt
Saltar a: navegación, buscar

Descargar como: pdf

Una noche de radio en México DF: la noche que siguió al asesinato del candidato. La falsa primera edición de este cuento apareció publicada en la antología Nuevas voces de la narrativa mexicana (Mortiz, 2003), la verdadera primera edición fue fallida y creó anécdota. Forma también parte de los cuentos supuestamente escritos por el novelista fracasado de Musofobia.

La mortaja del amanecer abrazaba los últimos restos de la noche en que declararon muerto al candidato. Un primer disparo deshizo la chapa del baño, un segundo perforó la puerta y entonces el diputado Mancera Rubín se desplomó sobre el excusado, con el hombro herido y la aciaga convicción de que a él también le tocaría morir. El tercer disparo se le encajó en la pierna mientras él hundía su rostro en el remolino de mierda y sangre que daba vueltas y vueltas dentro de la taza. Quería ser líquido para huir por el drenaje, quería escapar de esa marcha fúnebre que tejían los taxistas a golpes de claxon por la ventana. Entonces el diputado federal de la nación hundió su recuerdo en la mierda, pues ya casi no le quedaba sangre, y abrazó la taza tal y como lo había hecho hacía dos semanas cuando (¡carajo!) su cartera cayó al excusado, apenas terminando de cagar y pues ni modo, en esos casos no hay charolazo ni influencia que valga: el señor diputado va y mete la mano en la taza arremangándose el saco pues el discurso del candidato ya ha empezado pero tan mal me arremango que se me mancha la manga de caca y ni modo de salir así a saludar al candidato y trato entonces de echarle una lavadita rápida a la mano la manga la cartera pero dónde se ha visto que en la sede del partido en el poder exactamente el día de su solemnísimo aniversario no haya gota de agua ni en el lavabo ni en el excusado y entonces uno piensa: estos cabrones tienen al país como tienen al partido y pues ni modo iremos con todo y peste a felicitar al candidato que cuando voy saliendo del baño termina ya su discurso y yo pregunto por los aplausos pero los ha dejado mudos o inmóviles o conmovidos hasta que por ahí se escuchan unas palmas y al fin la ovación unánime lo acompaña al bajar del estrado a confundirse con los suyos entre saludos que se amontonan y se apretujan y yo voy despacito haciéndome el desentendido entre la unánime mueca de repugnancia de los compañeros que se hacen a un lado a mi paso como si alguien se estuviera pedorreando ¡que falta de respeto compañeros! y así llego hasta el candidato y él hace un gesto por lo penetrante de mi olor pero me da bien la mano y con esa sonrisa suya me asegura: Tomás, no quepa duda, serás convocado a colaborar en mi campaña, me va haciendo falta gente de confianza. Las puertas se abrieron y el auditorio respiró al fin el aire fresco de la noche. Los militantes abandonaron el recinto. Tomás Mancera Rubín abordó su vehículo y sintonizó la voz de su mujer, dándose el lujo de modular su volumen: Estás en el 3.1416 de tu cuadrante, entre el AM y el FM. Esta es la noche... y yo soy Amaranta. Sean ustedes bienvenidas, queridas radio escuchas, a una noche más, Noche Amaranta. Esta emisión no es para ti, holgazán cervecero de fútbol y domingo. Tampoco para ti, que la golpeas en tus madrugadas de borrachera. Y mucho menos para ti, perro machista, por abandonarla embarazada. Yo te hablo a ti, delicado pétalo de rosa, mariposa de cristal que vives sometida, lánguido suspiro de princesa. Y también a ti, no creas que te olvido, querido ángel de la noche, excepcional variante de tu sexo que vigilas la ciudad al compás de tu taxímetro, expiando el pecado de traer eso entre las piernas aquí, en esta Noche Amaranta. Hoy en particular, estamos tristes. Porque a ti, picaflor nocturno, caricia anónima que vendes tus noches bajo las farolas, te han pisoteado. Una vez más el sexo burdo se ha aprovechado de tu frágil pecho. Tengo en la línea, queridas radioescuchas, a una víctima más de la opresión sexista en que vivimos. Por respeto a nuestra amiga, la llamaremos Nadia. Buenas noches, querida Nadia. Buenas noches doñamaranta. Cuéntanos tu tragedia, somos tus amigas, te comprenderemos. Pues mire usted doñamaranta, estaba yo en mi esquina, ¿si sabe que yo trabajo de...? Sí Nadia, se lo he contado a nuestras radioescuchas, pero antes dime una cosa ¿en dónde te ganas el pan de cada día? Ahí en la Cuauhtémoc, cerquita de la delegación, y pues le decía que me cayó un señor, se veía decente, buen carro y todo, así que me fui con él y cuando llegamos al hotel... Perdona que te interrumpa, ¿podrías darnos el nombre del hotel? Encanto. Tomen nota, queridos ángeles de la noche, Hotel Encanto, ¿cerca de la delegación, verdad? Sí, a dos cuadras, y pues le comentaba que el señor se veía bien, arreglado y todo, y pues una hace su trabajo lo mejor que puede, y ahora sí que una no tiene la culpa de cómo sean las personas, el señor era pues de esos rapiditos, apenas lo estaba yo calentando cuando él ya... ¡Un eyaculador precoz, como si no tuviéramos suficientes! ¿Y tú qué hiciste Nadia, cómo te manifestaste? Pues yo le dije que yo ya me iba pero él me dijo que no, que yo le había prometido veinte minutos y entonces pues yo le expliqué que eran veinte minutos pero nada más un palito, así es como se trabaja. Nadia querida, modera un poco tu lenguaje, ya ves que en este país de machos tenemos prohibido llamar las cosas por su nombre. Disculpe doñamaranta, es que con usted siempre me pongo nerviosa; y pues le decía que el señor no me dejaba ir, me agarraba y me jalaba y de repente me empezó a pegar. ¡Te golpeó el salvaje! Sí doñamaranta, y me empezó a sobar por todos lados y luego me mordió en las, las, ¿cómo les digo doñamaranta? Los pechos, Nadia. Sí, ahí mero, me mordió bien duro y pues yo trataba de zafarme pero no podía y al fin cuando me zafé empecé a sangrar toda. ¡Te arrancó el pezón! Pues creo... sí doñamaranta. ¡Dios mío, qué clase de monstruo! ¿Qué automóvil traía ese salvaje? Un Mustang morado. Por favor, amigas, amigos, apelo a su solidaridad para vengar el pequeño pezón de nuestra amiga, ángeles de la noche, queridos míos, escuchen bien esta descripción, Mustang morado, ¿recuerdas las placas? No doñamaranta. No importa, ¿nos podrías describir a esa hiena machista? Pues era chaparrito, canoso, con lentes, y traía aliento alcohólico. Amigas, este es un caso más de impunidad hacia nuestras hermanas del sexoservicio; por favor, ángeles de la noche, movilicen sus unidades, busquen hasta por debajo del asfalto a la bestia que ha arrancado esta indefensa flor de nadia de nuestro jardín. Y por favor Nadia, no cuelgues, vamos a comunicarte con las autoridades. Queridas radioescuchas, hermanas, he aquí un ca... Clic. ¡Pinche vieja loca! exclamó el diputado y pisó el acelerador de su Mustang morado hasta el fondo, como si lo hundiera en el cuello de su esposa, pero ya una plaga de taxis verdes le cerraban el paso como si brotaran de las alcantarillas. Tomás Mancera Rubín maldijo la hora en que, gracias a su influencia, su ama de casa se había transformado en una mariposa del cuadrante. Él le había conseguido ese trabajo con la esperanza de salvar el matrimonio. Se había equivocado. Ella no perdonó las secretarias, las asistentes, los viajes, las borracheras y tantos otros avatares propios de la profesión de diputado. El programa de radio le dio valor. Dejó de hablar, comenzó a gritar, a dormir sola, a insultarlo al aire, a partir en dos un matrimonio naufragado. El Mustang se incrustó en un poste. El diputado Mancera Rubín apenas tuvo tiempo de correr hacia una patrulla que providencialmente apareció en la esquina. De la cartera sacó su pestilente identificación y la mostró a los oficiales gritando ¡cámara de diputados! Una puerta se abrió. Tomás recargó el rostro en el cristal blindado y respiró tranquilo. ¿Pues dónde se habrá metido el chingado diputado? balbucían los policías la nariz entre los dedos y qué chingados hago yo en una patrulla rodeada de taxistas amaranta explícame el odio de sus ojos que tan bien se mezcla con esta hediondez mía amaranta si me concedieras el micrófono un segundo te podría contar que ya va una semana y yo todavía no puedo cagar ni siquiera una bolita porque cuando me bajo los pantalones y me siento en la taza recuerdo la cartera y la mano del candidato sobre la mía y el culo se me cierra como si negara el hedor de lo que he visto y he escuchado en los corredores del partido amaranta si por lo menos me abrazaras y esa voz tuya me dijera que todo va a estar bien que no le va a pasar nada al candidato pero tú encoges los hombros y te vas a tu programa a soltar injurias al aire sin importar que él me haya dicho que cuando sea presidente estaremos cerca del poder lo respiraremos lo transpiraremos seremos el poder y quiero que lo seamos juntos amaranta si me pudieras curar este estreñimiento si pudieras besarme el culo y abrirlo poco a poco con ternura y si pudiera correr yo a tus brazos como un niño y mostrarte orgulloso que después de tus besos he cagado dos bolitas pero tú no escuchas ni abrazas ni arrullas tú desapareces en el micrófono cerquita de tus labios y como si lo estuvieras mamando me dices al oído, estás en el 3.1416 de tu cuadrante, entre el AM y el FM. Esta es la noche... y yo soy Amaranta. Sean ustedes bienvenidas, queridas radioescuchas, a una noche más, Noche Amaranta. Amigas, esta emisión está de luto. Como ustedes saben el candidato a la presidencia de la república ha sido acribillado hoy por la tarde, en una ciudad del norte. El país se nos deshace entre las manos gracias a esa horda de machos fetichistas que nos gobiernan. ¿A quién perjudicaba ese hombre sonriente? Nunca lo sabremos. Sólo nos queda fingir que nos refugiamos en nuestras pequeñas cosas mientras urdimos juntas una estrategia afectiva para hacernos del poder, nosotras, las mujeres. Queridas radioescuchas, en esta noche, la más negra de nuestro país en muchos años, guardemos un minuto de silencio... 60 59 58 57 56 55 54 53 52 51 50 (¿me lo enseñas?) 49 48 47 46 45 44 43 42 41 40 (déjame chuparlo) 39 38 37 36 35 34 33 32 31 30 29 28 27 26 25 24 (mmm... estás deliciosa) 22 21 20 19 18 17 16 15 14 13 12 11 10 9 8 7 6 5 4 3 2 1 Noche Amaranta expresa sus más sentidas condolencias a la familia del candidato. Pero la vida sigue, el tiempo corre y nuestros dramas femeninos persisten. Hace dos semanas ya, seguro lo recordaran, nos habló nuestra queridísima Nadia, la del pecho lacerado. Recordarán su tragedia. Pues bien, entre tanta desgracia tengo el placer de comunicarles que nuestros ángeles de la noche organizaron una colecta para financiar la cirugía plástica de Nadia. Hoy la tenemos aquí en el estudio, hace una semana que salió del quirófano. Vino a agradecer personalmente a esos queridísimos ángeles guardianes, que con el sudor de su taxímetro la han salvado del desempleo. Gracias a su generosidad, esta misma noche nuestra amadísima Nadia se reincorpora a sus quehaceres profesionales. A esos héroes anónimos, vaya desde aquí nuestro homenaje. Ahora quisiera, en este programa tan triste, tan especial, hacer una excepción y recordar a un hombre que ahora está sufriendo. Un hombre perverso, como todos. Un hombre que me hizo sufrir como ninguno. Pero un hombre al que, seguramente, las balas que acabaron con el candidato le han calado hondo. Un hombre que llora en una cantina sin consuelo. El diputado Mancera Rubín se lleva las manos a la cabeza mientras observa una y otra vez la repetición del atentado. La cantina está vacía. Sus colaboradores lo han abandonado. Celebraban que por la mañana el candidato había telefoneado para notificarle su nuevo nombramiento: ya te lo dije, Tomás, me va haciendo falta gente de confianza. Yo debí contestarle señor candidato mi saludo te manchó el destino chingada madre si yo perfectamente olí esa noche los presagios los aplausos sin ganas los rostros sombríos y mi mano echándote una bola de mierda encima y tú que me ves pendejo mejor sírveme un tequila y en lugar de darle las gracias y mamarle la corneta por el nombramiento le debí advertir que no fuera a ese mitin pero preferí ponerme hasta mi madre ¡ya agarramos nombramiento, compañeros, ahora vamos agarrando el pedo! pero el corte informativo nos aguó el noveno brindis y entonces te vimos morir en el recuadro de la televisión con el tequila atragantado sin concebir lo que mis ojos me decían ¡viva méxico jijos de su asesina! ya no te hagas pendejo y sírveme esa caminera que méxico y yo tenemos prisa por irnos a llorar entre las patas de una puta, y las estrellas apuñalaban esa noche, la última del diputado. Las calles se quedaron vacías. Sólo algunas camionetas rápidas, con la sirena arriba. El ejército acuartelado. La ciudad en penumbra, iluminada apenas por el reflejo de las televisiones encendidas. El diputado federal de la nación era un Mustang dando vueltas en el barrio de las prostitutas, que por estar pendientes del noticiero habían dejado desiertas sus esquinas. Casi todas. Todas excepto una. Una que prefería el radio a la televisión. ¿Cómo te llamas? Nadia. Que bonito nombre tienes. Gracias, aquí dele a la izquierda. Hotel Encanto, qué bonito nombre. Por favor págueme, voy por la llave. ¿Cuánto por toda la noche? No señor, si nada más es un palito, ¿qué no ve cómo están las cosas? Ni madres, tú y yo vamos a amanecer juntos. Ochocientos. Toma mi cartera, pídenos una botella de tequila. Señor, con esa borrachera ni va a poder firmar. Ven mamacita, así, así, ven mi Amarantita, acercate, así. Cosita linda. Yo creo que no se le va a parar, ya está muy borracho. Ve y pide otra botella... champán, méxico dice que hoy quiere champán. Pero ni se ha acabado su tequila. ¡Que le traigas champán, te digo, toma la cartera! ¿Y esta foto? ¡Pero si es Doñamarantita cuando era chiquita! ¿Me la regala? No me lo va usted a creer pero doñamarantita me quiere mucho, viene aquí casi siempre, antes de irse a su programa, a que la abrace y la acaricie y esas cosas, y pues ahora sí que a mí no me gusta la tortilla pero a doñamarantita yo no le puedo negar nada, es bien buena gente, aunque viera usted que el otro día se emocionó tanto que me dio una mordida y me arrancó esta chichi ¿ya vio? aunque ya ni se me nota, ella me llevó con un doctor a que me pusiera una de plástico, hasta parece de a de veras ¿verdad? Espérese, déjeme ¡no, así no, los dientes no! ¿por qué? ¿por qué me...? Una lágrima de silicona rodó por las mejillas de la madrugada, canta y no llores, hasta una Plaza Garibaldi cielito lindo vacía en donde un mariachi ya en pijamas complacía al último borracho de la noche, ahora tóquenme Paloma Negra cabrones, más respeto cuñao, más respeto al músico y el diputado federal de la nación se limpiaba la saliva con la manga del saco tú eres una perra traicionera y tú un pendejo por dejarte asesinar y yo un diputado que se las olía y tú que me ves pinche taxista ignorante ven méxico y yo te vamos a convidar de nuestro champán y te vamos a contar unos secretos de estado ¿no tienes algo para el estreñimiento? pinche naco estoy seguro que nunca en tu vida has probado el champán espérate no te vayas no te he contado que mi vieja me engaña con otra vieja. ¿Bueno? ¿Doña Amaranta? Soy un ángel de la noche, me estoy reportando desde Plaza Garibaldi, tengo aquí a un diputado que está gritando que él sabe por qué mataron al candidato y que él debió haberlo prevenido. ¿Querido ángel de la noche, eso es muy grave, estás seguro que se trata de un diputado? Si doñamaranta, me enseñó la charola. ¿De qué color es su vehículo? Queridas radioescuchas, si en nuestras manos está ayudar a esclarecer el magnicidio, es nuestra responsabilidad comunicar este incidente a las autoridades. Cinco camionetas Suburban llegaron a Garibaldi y se llevaron al diputado. El camino hasta la procuraduría de justicia le pareció muy largo. Los judiciales prepararon los utensilios para la tortura. El agua mineral se había terminado. Decidieron practicarla con el champán del diputado. A ver cabrón, quién mató al candidato. Ya méxico, diles. Mira cabrón, al candidato lo mató un pinche loco ¿me oíste? ¡un pinche loco! ¿Entendido? Y tenemos órdenes expresas del Sr. Procurador para no moverle más. Super poli fragilítico acribilla burp ¡Más chile, hasta que vomite el cabrón! ¿Entendido güey? Entredientes ebrios burbujeante digo sí. Sabemos donde vives y quién es tu mujer y nos la vamos a chingar si vuelves a abrir el hocico, ¿entendido? Ya párele jefe, tiene fuero federal. ¿Quién mató al candidato? Uno y solo y pinche y loco y psicópata y asesino y además bien pendejo. ¿Y quién más? Nadinadie. Los hizo solisólo. Ya llévenselo, ya está desvariando. Tírenlo por ahí. En un basurero. Ahí, por donde pasó un ángel de la noche. Con cuidado lo subió a su taxi. El diputado apenas pudo indicar el rumbo de su casa. El camino fue largo. Conversaron. Conversamos, doña Amaranta, conversamos mucho, lo suficiente para enterarnos de que es usted una puta mentirosa, (¡saquen del aire esa llamada, controles, despierten carajo!) que lo del pezón fue cosa suya, que lo hizo para que nos jodiéramos a su marido, que nos ha mentido, nos ha robado (¡fuera del aire, controles, despierten!) y que por nosotros se puede ir al diablo pero antes la vamos a esperar aquí para hacer las cuentas cara a cara. Amigas, en homenaje a la memoria del candidato asesinado, suspendemos nuestra emisión por el día de hoy. Marcos Carrasco le proporciona, minuto a minuto, la hora exacta del observatorio astronómico: las seis en punto. Biiip. Mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón y retiemble en sus centros esa tierra que rodaba desesperada bajo el auto de Amaranta. Una horda de taxistas la esperaba. En cuanto la vieron echaron a sonar sus bocinas. Amaranta entró a la casa por la puerta de servicio. Subió corriendo las escaleras. Los taxistas trepaban por las protecciones de las ventanas. ¿Dónde estás, cabrón? gritó Amaranta cortando cartucho. Un primer disparo deshizo la chapa del baño, un segundo perforó la puerta, el tercero le dio en la pierna y dos contenidas semanas de incertidumbre inundaron de mierda y de cierto alivio el entorno de Tomás Mancera. Amaranta abrió la puerta. Lo encontró abrazando la taza, mierda y sangre confundidas. Nos tenemos que ir, señor diputado, y lo liquidó en tres tiros. Los taxistas forzaron al fin la entrada. Una confusión de voces subió por las escaleras. Amaranta besó el cañón de la pistola, lo atrapó en la boca y recargó el metal helado en la garganta. El avión con los restos del candidato tocó tierra en el preciso instante en que los taxistas, armados con llaves de cruz, contemplaban a Amaranta en la mierda, jalando una y otra vez el gatillo de un revolver vacío.

Y el sol salió de nuevo, a abrazar el cuerpo de esta ciudad exhausta.