Nombre al agua

De malversando.txt
Saltar a: navegación, buscar

Descargar como: pdf

Mi nombre es Narciso y desde niño me ha cagado la madre que me digan Narcisito. Cuando voy caminando por la calle nunca falta un conocido que desde la otra acera me saluda a voz en cuello: ¡qué pasó, Narcisito! Como soy una persona educada, me trago el coraje y respondo de la manera más ecuánime posible. Pasado el saludo, cierro los ojos, respiro hondo y me digo: uno no tiene la culpa del nombre que le pusieron. A mí me bautizaron así en homenaje a un tío que se ahogó en el Grijalva. Como él falleció varios años antes de mi nacimiento, nunca tuve la oportunidad de saber si el nombre le pesaba tanto como a mí. A veces me pregunto si no habrá sido precisamente eso, el peso del nombre, lo que le impidió mantener la cabeza sobre la línea de flotación. Tío Narciso tenía diecinueve años cuando fracasó en su intento por llegar a la otra orilla del río Grijalva. Yo jamás lo hubiera intentado. Hay que ser muy necio para echarse al río con un nombre así.

Voy a contar cómo se conocieron mis padres. Tío Narciso estudiaba con papá Jacinto en la Escuela Superior de Ingeniería, a la que papá se ha referido siempre como la Esiquie. No recuerdo bien los detalles, pero creo que ambos pretendían estudiar física. Como la carrera ya estaba completa, terminaron inscribiéndose en ingeniería porque las edecanes que promocionaban la Esiquie eran de muy buen ver. En ese tiempo las minifaldas estaban de moda, así que cuando pienso en aquellas edecanes las imagino de minifalda. A tío Narciso lo imagino peinado de lado; no lo puedo imaginar de otra manera: el único retrato que conozco de él es el que está colgado en el comedor de mi casa. Sospecho que se trata de la reproducción aumentada de una foto de identidad. La foto está colgada justo en ese lugar del muro en donde otras familias ponen reproducciones de la Última Cena. Tío Narciso ha sido retratado de hombros para arriba, viste corbata, mira a la cámara muy serio, seguro de sí mismo. No sé de dónde saca tanta seguridad. A mí las fotos de identidad nunca me salen bien porque cuando me siento en el banquillo del fotografiado pienso: a un costado de esta foto va a aparecer mi nombre, y ese pensamiento basta para descomponer mis facciones y salir en la foto precisamente con cara de Narcisito.

En la Esiquie, papá Jacinto y tío Narciso se volvieron muy amigos y decidieron emprender un viaje al sureste. Habían planeado llegar hasta la península de Yucatán para que tío Narciso conociera las playas del mar Caribe. Mi papá le había contado que el agua de esas playas era la más transparente del planeta. Yo no sé cómo papá Jacinto podía afirmar tal cosa sin haber salido nunca del país, pero lo cierto es que tío Narciso le creyó, probablemente porque él había nacido en un pueblo desértico de la frontera norte y su contacto con el agua se limitaba a inmersiones ocasionales en una laguna salada. Como tenían poco dinero decidieron viajar de aventón. Yo nunca he viajado de aventón, pero intuyo que dos hombres solos al borde de la carretera no deben ser muy atractivos para los automovilistas. Les tomó varias semanas llegar a Villahermosa, en donde el viaje llegó, brutalmente, a su fin.

Villahermosa es una ciudad muy húmeda. Esta es mi segunda visita. La primera vez vine a traerle flores a tío Narciso. Hacía un calor insoportable. La humedad sofocaba a tal punto que consideré la posibilidad de darme un chapuzón en el Grijalva, con todo lo que ello implica. Recuerdo que ese día estaban haciendo la limpieza en el cementerio municipal. Había alteros de ataúdes abiertos como libros, con las panzas oxidadas al aire. Afortunadamente los empleados municipales los habían vaciado ya de su contenido. Los vivos creemos que con la muerte todo termina. No es así, al menos no en el cementerio municipal de Villahermosa. Según me explicó Quila, aquí el usufructo de la parcela caduca a los cincuenta años del fallecimiento, entonces el municipio hace a un lado los muertos más antiguos para que los recién muertos tengan donde descomponerse durante cincuenta años. A los muertos viejos se les incinera y, si algún familiar así lo solicita, se hace entrega de las cenizas. La verdad, casi nadie lo solicita. Las cenizas anónimas van a parar ahí, a ese lugar impronunciable en el que ustedes están pensando.

Mi mamá se llama Nadia. Hubiera preferido que se llamara de otra manera, Hortensia, Margarita, algo así. Pero no, mi mamá se llama como se llama y ese nombre me incomoda. Supongo que la incomodidad proviene de mi formación de ingeniero, que me volvió particularmente sensible a la simetría. Si mi mamá se llamara Hortensia o Margarita todos tendríamos nombres de flores. Para un ingeniero la falta de simetría puede ser fatal. Es más, creo que le voy a cambiar el nombre.

Decía que mamá Hortensia me había apuntado la dirección de Quila en un papel y me había recomendado que la buscara porque ella era la única persona en todo Villahermosa capaz de localizar con precisión la tumba de mi tío. Llegué a su casa poco antes del mediodía. Toqué el timbre. Quila abrió la puerta y me preguntó quién era. Soy el hijo de Jacinto y Margarita, originario de una ciudad del norte, etcétera. Pero Quila no me ubicaba y yo postergaba el mayor tiempo posible el momento de pronunciar mi nombre. La verdad es que detesto presentarme así ante los desconocidos. Nunca he entendido esa costumbre de presentarse pronunciando el nombre de uno desde el principio. Con lo maravilloso que es el anonimato. Cuando al fin lo dije, Quila abrió grandes los ojos: ¡Ah, sí, Narcisito, el nieto de doña Azucena, mira qué grande estás ya! ¿Vienes a ver a tu tío?

Tardamos un buen rato en encontrar la tumba. Hacía mucho que Quila no iba al cementerio; además padecía problemas de la vista y se perdía entre los sepulcros. Era mediodía, yo no traía sombrero, el sol me quemaba la punta del cráneo y cuando me refugiaba a la sombra de algún árbol los moscos me picaban las pantorrillas. La humedad sofocaba a tal punto que la idea de echar las flores sobre cualquier tumba y correr a refrescarme al río parecía tentadora. Entonces Quila encontró a mi tío. Se puso muy contenta. Yo le pedí que me contara alguna anécdota de él. Lo que yo quería saber en realidad era qué pensaba mi tío de llamarse como se llamaba. Pero Quila no me supo contar nada porque ella no lo conoció en vida. La tarde en que tío Narciso falleció, Quila estaba cociendo frijoles. Un vecino vino a avisar que un estudiante se había ahogado. Los vecinos sabían que el hijo mayor de Quila era estudiante y solía darse chapuzones en el Grijalva. Con los labios secos y el jesús en la boca, Quila apagó los frijoles y caminó los quinientos metros que separan su casa del Grijalva, rogándole a Dios que el ahogado no fuera su hijo. En la ribera, un grupo de curiosos observaba a los rescatistas. Quila preguntó por el nombre del ahogado. Nadie supo responderle. Dice que cuando reconoció a su hijo entre los curiosos, recordó la luz exacta del día en que lo había parido. Dice que gritó de gusto y fue a abrazarlo, pero que después pensó en la madre del ahogado y se arrepintió de sus aspavientos. Entonces hizo una promesa. Prometió que lloraría a ese difunto como si fuera suyo, lo iría a ver al cementerio, le lavaría la tumba, le cambiaría las flores, como si de un pariente se tratara.

Para mí eso del parentesco no tiene mucha importancia. Si uno remontara su árbol genealógico hasta la raíz se daría cuenta de que al final uno es pariente de todo el mundo y en realidad lo que nos hace falta son palabras para nombrarnos, palabras con mayor alcance que tío, sobrino, padre, madre, hijo. El problema es que no se me ocurre ninguna palabra para designar el parentesco entre Quila y tío Narciso. Se necesitaría una palabra muy exacta para nombrar a esa persona que le cambiará a uno las flores y le lavará la lápida cuando uno muera.

Me pregunto si esos quinientos metros que hace treinta y tres años separaban la casa de Quila del Grijalva seguirán siendo quinientos metros. No es que la casa de Quila se haya desplazado, pero me imagino que treinta y tres años son suficientes para alterar el caudal de un río, sobre todo cuando se le imponen presas y creo que al Grijalva le han construido varias. La única que me viene a la memoria ahora es la de Chicoasén. Debí preguntárselo a un hidrólogo antes de venir. A ustedes esta cuestión les puede parecer banal. Para mí no lo es.

La verdad sea dicha, la tumba de mi tío me decepcionó un poco. Estaba descuidada y sucia. No crean ustedes que esto es un reproche para Quila. Tampoco le va uno a pedir que pase treinta y tres años lavando lápidas ajenas con la vista cansada. Lo menciono porque no quisiera pasar frente a ustedes como un malagradecido. Aunque, bien mirado, no sé por qué estoy hablando tanto de Quila, si originalmente yo tomé la pluma para escribir cómo mamá Hortensia y papá Jacinto se conocieron gracias a la inmersión definitiva de tío Narciso en el Grijalva.

Antes de proseguir, una última cuestión acerca de Quila. Cuando buscábamos la tumba bajo aquel calor atroz, entre piquetes de mosco y ataúdes desahuciados, Quila me preguntó por qué había venido de tan lejos a dejarle flores a un muerto muerto hace más de treinta años. Yo respondí que si tío Narciso no se hubiera ahogado yo no habría nacido. De algún modo yo le debo la vida a ese estudiante de la Esiquie que, a los diecinueve años, fracasó en su intento por llegar a la otra orilla. Cuando dije esto, Quila entrecerró los ojos y se rascó la cabeza. Mira mi hijito, está bien traerles flores a los difuntos, pero tú no le debes la vida a nadie más que a Dios. Tu tío se ahogó por pendejo o porque Dios así lo quiso y el palito se lo echaron tus papás, no tú. Además, con ese nombre que te heredó no tienes nada que agradecerle. Para ser sincero, a mí me pareció de mal gusto que Quila se expresara así de mi familia, pero eso no afecta en nada el agradecimiento que siento hacia ella por haber lavado la lápida y cambiado las flores de quien dio la vida para que yo naciera y cuyo único defecto, ahí sí Quila tiene razón, era llamarse como se llamaba.

Ahora que lo recuerdo, nunca he escuchado a mi papá contar esta historia en público. Esto a ustedes no les causa sorpresa porque no conocen a mi padre. Si lo conocieran sabrían que papá Jacinto, además de ser el director de la Esiquie, es un gran contador de historias. En las reuniones, él suele ser el alma de la fiesta. Muchas veces lo he escuchado contar la historia de mi nacimiento, pero siempre desde el instante en que mamá Hortensia percibe los primeros dolores de parto. De lo anterior, del Grijalva, ni una palabra. Lo bueno de esa historia es que al menos explica como, con la complicidad de un funcionario del registro civil, mi persona quedó para siempre asociada a este nombre infame. La verdad es que yo disfruto mucho cuando mi papá cuenta la historia de mi nacimiento. Sólo me siento incómodo en las partes donde se refiere a mí como Narcisito.

Vine al mundo en el Seguro Social de una ciudad del norte. Tuve la mala fortuna de nacer en el mes de diciembre. Debido a los brindis navideños, los doctores que aliviaron a mi madre entraron al quirófano medio borrachos y olvidaron parte del instrumental quirúrgico dentro de su cuerpo. La herida de la cesárea se infectó. Sigue aquí una parte ciertamente repugnante; cada que la cuenta, mi papá advierte a su auditorio que si entre los presentes hay personas propensas al asco, lo mejor es que se tapen los oídos o vayan a servirse un trago. No voy a dar detalles, pero el momento más colorido consiste en la súbita expulsión del instrumento olvidado, que surge del vientre de mi madre entre un borbotón de humores verdes.

Dos meses de hospitalización después, mi madre salió por su propio pie y los tres juntos fuimos al registro civil. El acta hace constar el nacimiento de un varón de cuatro kilos, nacido en diciembre, hijo de Jacinto García y Hortensia Flores, ambos de nacionalidad mexicana. Es una lástima que no haya fotos de identidad en las actas de nacimiento. Me hubiera gustado saber cómo miraba antes de llamarme como me llamo. Creo que mi madre anticipó el peso del acto que ese pedazo de papel perpetraba, porque el día en que los médicos le informaron que la infección los había obligado a extirparle la matriz, que ya no volvería a ser madre, que yo sería unigénito, regresó al registro civil e intentó sobornar al funcionario para que alterara el acta y me cambiara el nombre por el de Jacinto, pues la tradición familiar dicta que al menos uno de los hijos debe llamarse como su padre. Pero papá no lo permitió. No sé por qué. Nunca me lo ha explicado. Yo tampoco se lo he reclamado nunca. Sin embargo, cada que entro a una cabina para tomarme fotos de identidad, pienso con nostalgia en aquel registro civil y lamento no haber tenido uso de la palabra, como ahora, para poder gritar que esta puta cara de Narcisito no es la mía, que me desconozco de hombros para arriba, que no son mías esas facciones de ahogado a punto de canjear la flotabilidad por ese espacio rectangular del muro en donde otras familias cuelgan reproducciones de la Última Cena.

Creo que me estoy exaltando. No quisiera quedar frente a ustedes como alguien que se exalta fácilmente, entre otras cosas porque no me gustaría que pensaran que mi acto es producto de una exaltación pasajera. De cualquier modo, antes tengo que acabar de escribir eso que vengo prometiendo que voy a contar desde el principio, es decir, cómo se conocieron mis padres.

Mis padres se conocieron por vía telefónica, la noche que sobrevino a aquella tarde en que dos cuerpos de diecinueve años, de nombre Jacinto y Narciso, se ajustaron el calzón de baño, levantaron los brazos, contaron hasta tres, miraron por última vez la orilla opuesta, se impulsaron, se lanzaron, flotaron un instante al viento y cayeron como flechas en la corriente del Grijalva. ¿Competían? ¿Quién propuso, quién convenció, quién retó a quién, el vivo al muerto o el muerto al vivo? ¿A qué altura se detuvo, en qué brazada desistió, en qué bocanada dijo adiós al aire, de qué palpitación se colgó el nombre para apoderarse de su pecho y ejercer ahí su densidad, su peso definitivo? ¿Qué segundo marcaba el segundero cuando el aire hizo agua y el muerto, muerte? Lo pregunto porque no conozco los detalles, nadie me los ha contado. Quila estaba cociendo frijoles a quinientos metros, mi madre a cuatro mil kilómetros de Villahermosa, seguramente cerca de un teléfono porque de otra manera no hubiera sido ella quien, al caer la noche, levantara el auricular para enterarse, en voz de un estudiante de la Esiquie y sobreviviente del Grijalva, que su hermano, el estudiante Narciso Flores, ha fallecido víctima de un lamentable accidente: se ha ahogado.

Sigue una novela rosa que ya no tengo tiempo de escribir porque ya casi oscurece. Además, ustedes ya conocen el final, y si no lo conocieran pues ya escucharán a mi padre contándolo en alguna fiesta. Se conocen en el funeral. Se llaman por teléfono tres veces a la semana. Se enamoran. Se envían pétalos marchitos por correspondencia. Se casan y son felices. Nace Narcisito entre un río de borbotones verdes. Crece sano y sin contratiempos, como crecen los narcisos: brillantes, hermosos, satisfactorios. El final feliz tiene lugar en el auditorio de la Esiquie, el día en que Narcisito recibe con honores el título de Ingeniero. Como su padre. Casi como su tío.

Si no fuera tan tarde, escribiría a mi padre llegando a la otra orilla, exhausto y húmedo, orgulloso de ser el primero, comprendiendo poco a poco que será también el único porque el otro no flota, el otro se está ahogando. Pero no lo voy a hacer. Porque ya se está metiendo el sol y porque no resistiría a la tentación de echarlo de regreso al río para que atrape a su amigo por los cabellos o por el calzón de baño, da igual, lo importante es sacarlo de ahí, regresarle la flotabilidad, darle el aire. Qué lástima que sea tan tarde porque se me empiezan a ocurrir cosas. Por ejemplo, mi madre esperándolos en la otra orilla, a donde llegan al fin, trabajosamente, qué susto nos paraste, Narciso, creíamos que te morías, ¿quieres un plato de frijoles? los preparó Quila, le quedaron buenos: los hizo para ti, para que entre una y otra cucharada de frijoles nos mires con tus ojos de hombros para arriba y, sonriendo, nos perdones. A mi padre, por no haberte salvado. A mi madre, por los borbotones verdes. A los doctores del Seguro, por los brindis. A Quila, por descuidar la tumba. Y también a mí. ¿Por qué? Pues por qué va a ser: por llamarme como me llamo.

Pasemos al acto. Ustedes ya lo habrán adivinado. Escribo estas letras vestido apenas con un calzón de baño, a la orilla del Grijalva. Después del punto final me voy a tirar al río y voy a intentar cruzarlo. Yo sé que no es gran cosa. Miles de personas se sumergen a diario en los miles de ríos que serpentean este planeta. Quiero pensar que la mayoría llegan con bien a la otra orilla, y aquellos que no lo logran, aquellos que pierden la flotabilidad en el camino, dejan un vacío del que nacerán finales felices. No quisiera quedar ante ustedes como un pesimista, pero he comprado este cuaderno y esta pluma para escribir mis últimas palabras. Con todas esas presas que le han construido al Grijalva, uno nunca sabe. De cualquier manera, si llego a la otra orilla, me iré lejos, a un lugar en donde pueda cambiar de nombre. Y si los narcisos no flotan, si los narcisos se hunden por el nombre, mis últimas palabras serán las mismas: tengan su muerto, se los regreso, no lo quiero seguir cargando.