Pocapena

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Pero eso no importa ahora, que los ojos del toro nos miran desde lo alto del muro y hay un muerto entre nosotros. Nadia se traga sus sollozos de rodillas, del otro lado de la caja. Don Fermín apenas parpadea, los ojos clavados en la cabeza del animal. El toro parece observar un punto lejano, perdido en la ventana. No, no quiero ver al muerto. Prefiero disimular la mirada entre las cortinas que se agitan al paso del aire frío: el chiflón vuelve a apagar los cirios, yo insisto en encenderlos. Con los ruegos desfigurados por el llanto, Nadia le pide a Don Fermín que baje a ese animal de ahí. El hombre rodea el ataúd, arrima una silla al muro, desatornilla a Pocapena y lo descuelga con cuidado. Bajo el hueco que deja el toro, la adolescente de Currito: Currito de Triana.

Necesito fumar. Sólo me quedan dos cigarros. Me llevo el penúltimo a la boca y le ofrezco el último a Nadia. Ella me agradece con algo que en otras circunstancias hubiera sido una sonrisa, pero ahora es apenas una mueca malograda. Este pensamiento me distrae y olvido el cigarro que cuelga apagado de mis labios. La gravedad lo atrae. Cae. Rebota en un borde. Va a parar ataúd adentro. Nadia no se da cuenta. Espero que don Fermín tampoco.

Conocí a don Fermín en esta misma casa, en cuatro patas, con unos cuernos de madera sobre la calva. Currito debía tener ocho años y ya sujetaba mal su primer capote con ambas manos. ¡Así no Currito, así no! Es que papi... A ver, dame ese capote; fíjate bien: para recibir al toro por chicuelinas lo citas como en la verónica, pero giras hacia el otro lado ¿ves? Anda, inténta de nuevo. Don Fermín se ajustó los cuernos y trazó una embestida sobre el capote. El niño cayó de rodillas. ¡Te digo que gires en sentido contrario! ¿eres imbécil? Pero papi, es que yo no… Nada, hoy vamos a practicar hasta que te salga.

Yo venía a cobrar la mensualidad de una cocina integral que don Fermín estaba comprando a plazos. Como soy aficionado a la fiesta brava, nos hicimos amigos en unas cuantas mensualidades. Don Fermín servía dos vasos de jerez y contaba anécdotas de su época de novillero. Se hacía llamar Fermín de Triana. Su sueño era tomar la alternativa en la Plaza Progreso. Durante el día se partía el lomo trabajando en una tienda de ultramarinos, para por las noches poder colarse en ganaderías ajenas y entrenarse a hurtadillas con toros criollos. Toreaba de prestado, vistiendo un traje que aún no había acabado de pagar y que a todas luces le quedaba grande. Sus faenas nunca merecieron más de unas cuantas líneas en periódicos de pueblo. En su última corrida, el tendido le propinó pitos en el primero, rechifla unánime en el segundo y lo despidió bajo una lluvia de cojines. El empresario le retiró su apoyo: ni modo, Fermín, no te tocaba; a tu edad ya no hay alternativa que valga, ya estás viejo para seguir en la novillada, pero te puedo dar trabajo de monosabio en la Progreso: tú decides. Fue así como don Fermín cambió la montera una gorrita blanca; la chaqueta de luces por un saco rojo con vivos amarillos; el estoque por ese bote de cal con que, caminando en círculos, se dibujan las divisiones concéntricas del ruedo. Se durmió como Fermín de Triana. Despertó como don Fermín, el monosabio.

Mas los cojinazos llovieron en vano: sirvieron al menos para ablandar el corazón de Nadia, la taquillera de la plaza Progreso. Seis meses después de la boda nació Currito. Apenas lo tuvo en brazos, don Fermín lo soñó vestido de luces, saliendo por la puerta grande. Y sobre la pila bautismal lo sentenció al oído: tú serás Currito, el torero de Triana.

Asomada al féretro, Nadia tararea una canción de cuna. La ventana del patio sigue abierta. Tengo frío. Que horror la canción de cuna. ¿Cómo se me fue a caer ahí mi último cigarro?

Aquel cobro cayó en día de reyes. Currito me abrió la puerta. Sus padres no estaban pero no tardarían. Me invitó a esperarlos en el sillón de la sala. Sus ojos verde olivo parecían avergonzados: su cuerpo ya tenía tranco de adolescente. ¿Qué te trajeron los Reyes? La pregunta pareció incomodarlo. Sin entusiasmo, Currito encendió el video. En la pantalla de la tele Manolete recibió a un toro de rodillas ante la ovación del respetable. El motor de una camioneta sobresaltó al muchacho. La cerradura crujió al contacto con la llave. Su mano se posó en mi muslo. El verde olivo de sus ojos imploraba, con toda su mano, con todo mi muslo, con toda esa voz suya y de don Fermín, que lo sacara de ahí, que me lo llevara lejos, a un lugar sin Manoletes ni capotes, en donde papá no embiste con cuernos de madera. Don Fermín abrió la puerta. Me levanté. Tras darme el abrazo de año nuevo me explicó sus problemas de solvencia, la navidad, la cuesta de enero, usted ya sabe cómo son estas fechas, le voy a quedar mal con la mensualidad. En desagravio me invitó a que me a ver el primer volumen de la apasionante biografía de Manolete que los reyes le habían traído a Currito. Yo decliné la invitación y salí a respirar el aire claro de la tarde, con el calor de esa mano de doce años palpitando sobre mi muslo.

Formar a un torero cuesta una fortuna. Don Fermín construyó un corral en el patio de su casa y compró dos toros criollos y un cebú, todo a crédito. Yo hice lo que pude por preservar su historial crediticio, mire don Fermín, sabe que soy su amigo, puedo negociar por usted, pero debe entender que se está metiendo en problemas, la negociación no va a ser fácil, los acreedores ya lo traen entre ojos y el día menos pensado van a venir a embargarlo. Pero don Fermín no escuchaba a nadie: Currito partiría plaza en la Progreso, costara lo que costara. Por ese entonces mis superiores se enteraron de la amistad que me unía a don Fermín y me cambiaron de adscripción. No volví a verlo en mucho tiempo.

Nadia está dormitando. Don Fermín saca la cabeza de Pocapena al patio y ahí se queda, en cuclillas, hipnotizado por el toro. Ahora sería el momento de asomarme discretamente, meter la mano en el ataúd y sacar de ahí el cigarro. No, no quiero ver al muerto.

Yo nunca había ido a Las Vestidas. Me llevaron unos acreedores que celebraban la concesión de un crédito. El aire olía a perfume fuerte. La oscuridad se dejaba perturbar apenas por un chorro de luz concentrado en la pasarela, justo sobre una rubia que se contoneaba con galones de teniente y botas militares. La voz tras el micrófono exaltaba sus virtudes: en su mesa, sí, en su mesa, ahí mismo le van a bailar estos melones por tan solo un boleto, un boleto nada más para que este escultural pedorro sea suyo para siempre por tres minutos, ahí mismo, en su mesa: Aline King, tercera llamada, tercera. Yo estaba aturdido: nunca había visto una mujer así. Los acreedores palmeaban mi espalda llenos de regocijo. A media canción, la bailarina dejó al descubierto unos senos abrumadores y yo empecé a contar mentalmente los billetes en mi cartera. En un alarde trapecista, ella desanudó los cordeles y sin dejar de girar se deshizo de las bragas. Bajo las luces estroboscópicas, una berga breve se balanceó entre sus piernas. Yo intenté disimular mi desconcierto. Los acreedores se burlaron: ¿qué pasó gallo, no te gustan con badajo? Yo intenté huir, pero los acreedores llamaron a la boletera y me invitaron un baile. En eso, un pasodoble llenó el local y una doble erre retumbó en la garganta del micrófono: Currita, tercera llamada, tercera, y entonces partiste plaza en tanga rosa, chaqueta de luces, capote montera bien calada: el respetable ovacionó tus senos minúsculos de andrógino: tal y como papá te había enseñado, tu capote sorteó el embate de un burel encorbatado que colgó un billete en el hilo tu escote. Sonó el cambio de tercio: te deshiciste de la montera y dedicaste la faena al respetable. Luego te impulsaste del tubo con las dos manos y giraste como una loca hasta arrancar un olé unánime de las gargantas. Para preparar la muerte, pediste al subalterno un estoque de imaginario: la estocada penetró certera el aire. En espiral morosa, tu tanga cae al suelo. Me levanto de la silla, corro hacia la pasarela, deseo tocarte: el verde olivo de tus ojos grita: sácame de aquí: llévame contigo, pero cuando mi mano se posa al fin sobre tu cuerpo, tres empleados de seguridad me someten por la espalda, me arrastran hacia la salida y me depositan en el frío de la madrugada, con el calor de tu mano de doce años temblando entre mis muslos.

Me duele la espalda. Quiero un cigarro. No me atrevo. Le doy un trago al café. Está helado. Nadia llora dormida. Don Fermín sigue en el patio: es el amanecer que se avecina.

Currito de Triana, el novillero, debutó en la Plaza Progreso un domingo del mes de agosto. El tendido estaba a reventar. Una banda musical interpretaba pasodobles desde el palco. Los novilleros hicieron el paseíllo y Currito no ocultó su entusiasmo al saludar hacia el tendido de sombra donde estaban las vestidas. No faltaba ninguna. Yo sabía que era ahí en donde debía estar Currito, con ellas y no abajo, enfundado en ese traje de luces que tan bien le sentaba. La banda dejó de tocar. Se escuchó una trompeta. Don Fermín salió a la plaza ataviado con su uniforme de monosabio, gorrita, saco rojo con vivos amarillos, los ojos resplandecientes, los brazos por todo lo alto sosteniendo una pizarra con el orgullo de quien levanta el título de un cuento:

Pocapena

3 años, 380 Kg. Arroyo Zarco

Algo quedó irremediablemente unido entre ese nombre y quien lo sostenía. Currito de Triana saludó a la autoridad y se arrodilló frente a la puerta de toriles. Estaba pálido, sus labios temblaban, la montera le quedaba grande y sostenía el capote con las manos pegadas a la barbilla, como en una oración. El sol dejaba caer su peso sobre el tendido: sácame de aquí, de estos aplausos, de estas trompetas, de este olor a tierra con sangre con orines. Se abrió la puerta. Y surgió Pocapena. Muy alto, corniapretado, con mucho trapío. No te moviste un ápice, no echaste el capote hacia atrás como papá te había enseñado, no giraste hacia el lado opuesto, no citaste como en la verónica. Pocapena tenía acaso más miedo que tú, por eso te clavó los pitones en el pecho y te levantó de la arena para reventarte el esternón contra las tablas. Demasiado tarde, el capote de un subalterno te lo quitó de encima.

Don Fermín saltó al ruedo, levantó a su hijo en brazos y se perdió en dirección de la enfermería. La vestida de las tetas militares también saltó la barrera en un alarido y desapareció corriendo tras ellos. Pocapena murió sin gloria, como se muere en las carnicerías. Sus pupilas guardan la última silueta de Currito. Quizá es eso lo que Don Fermín busca con tanto ahínco dentro los ojos de Pocapena. El hombre se levanta de pronto. Recoge una cobija. Entra en la sala. Se acerca a Nadia. La cubre con delicadeza. Ella no se inmuta.

Me costó trabajo negociar las dos semanas de duelo con los acreedores. Vencido el plazo, cayeron con judiciales, abogados dos camiones de mudanza para embargarlos. Les quitaron todos: el refrigerador, el cebú, los toros criollos. Cuando llegué a medianoche los encontré sentados en la banqueta: las únicas pertenencias que habían logrado salvar eran una foto de Currito y la cabeza de Pocapena. Esa noche durmieron en mi casa. Al día siguiente se esfumaron. En la nota de despedida me advertían que iban a desaparecer por algún tiempo. Me pedían por favor que no los buscara.

Un sábado cualquiera por la mañana, mientras esperaba mi turno en la salchichonería, una desconocida pronunció mi nombre. Tenía el pelo teñido de rojo, los antebrazos cubiertos de pulseras y una mirada benevolente. Tardé en reconocerla: era Nadia. No la reconocí. Había embarnecido. Ahora trabajaba con una mujer de negocios a quien se refería como señora Vicenta, dueña de una cadena de bares en el centro. Fermín trabajaba con ellas. Les iba bien, pero lo mejor estaba por venir: hacía seis meses había iniciado un tratamiento en una clínica para la fertilidad, apenas ayer le habían confirmado que estaba embarazada.

Miguelito nació en la víspera de día de reyes. Desde entonces yo vengo cada año a visitarlos. Siempre compro con una rosca de reyes para la ocasión. A mí me gustan más las roscas con forma circular, aunque sean un poco más caras que las elípticas. Siento que, como son más simétricas, también son más buenas. Nunca me ha gustado el sabor de las roscas con forma elíptica, pero como este año me despidieron del buró de crédito, no me alcanzó para una rosca circular. Por eso es que anteayer cenamos rosca elíptica.

Yo le había pedido a Nadia que me ayudara a conseguir trabajo. Ella propuso invitar a la señora Vicenta a que partiera la rosca con nosotros: ella tenía muchos contactos. Me advirtió que debía tratarla con cuidado porque era una mujer muy especial. Llegué a la cita en punto. Fermín abrió la puerta y me ofreció una cerveza. Brindamos. Desde la ventana pude observar a Miguelito comiendo tierra en el arenero. Pensé con tristeza que éste era el hogar donde Currito hubiera deseado crecer, una casa sin toros, en donde el único rastro de la fiesta brava eran una amarillenta foto suya y la cabeza de Pocapena empolvándose en la pared. En eso sonó el timbre: era la Señora Vicenta. Sus facciones me parecieron vagamente familiares. Le extendí mi mano: la estrechó con rudeza. Luego dejó dos paquetes en brazos de Fermín. En uno había un regalo para Miguelito. En el otro una rosca elíptica.

Lamento llegar tarde, mira Miguelito, ven a ver lo que te trajo la señora Vicenta, déjenme cambiarlo porque estaba en el arenero, mire señora Vicenta, le presento a la única persona que se mantuvo a mi lado cuando me embargaron, ábrelo Miguelito ¿qué es? ¡un camión de bomberos!, da las gracias, ándale, dale un besito a la señora Vicenta, papi ruuuun, papi ruuuun, ¿partimos la rosca?, sí, porque el chocolate se enfría, ¿dónde la compró, en el Globo?, no, las roscas prefiero comprarlas en el Molino, aunque el pan de muerto me gusta más en el Globo, ¿Nadia, la molesto con un poquito más chocolate?, con gusto, ¡oigan… o ya se me cayó un diente o estoy masticando un niño! ¡Bravo don Fermín, le va a tocar traer los tamales! Quién sabe, a lo mejor a alguien le sale otro niño, ¡mira Miguelito, ven a ver el niñito que le salió a papá en la rosca!, papi ruuuuun, papi ruuuuun, déjelo, no hace caso, está fascinado con su camión de bomberos, ¿otro pedacito, Vicenta?, está bien, se lo acepto. Pues a mí esto me recuerda una día que andaba yo cobrando un horno de microondas, hace ya algunos años, cuando… ¡me salió el otro niño, me salió el segundo! Felicidades, Vicenta, usted y Fermín nos van a invitar los tamales el día de la Candelaria: cuando a uno le toca, le toca, papi ruuuun, papi ruuuun.

El tiempo es un hilo infinito en la rosca de un tornillo. Da vueltas y vueltas alrededor de sí mismo, se imita, se repite, gesticula y se enrosca en torno a una caída que no acaba nunca. El niño de plástico, segundo de una rosca elíptica, resbaló de entre las uñas artificiales de la señora Vicenta e inició un lento trayecto en pos del suelo. Papi ruuuuun. Su garganta dejó escapar un ¡ay! falsamente femenino, que rebotó en la entropía de mi memoria y fue a parar al tendido de las vestidas en la Plaza Progreso. Vicenta intentó sujetar al niño y en un resquicio de su escote sorprendí a aquellos senos abrumadores girando en torno a un tubo. Papi ruuuuun, papi ruuuuun. El tornillo que sostenía la cabeza del toro perdió la cuerda, olvidó su ritmo. Con la sincronía de una carambola, el segundo niño de la rosca golpeó el suelo justo cuando la gravedad vencía la resistencia de ese último tornillo. Pocapena se desprendió del muro. Su cornamenta fulminó el cráneo de Miguelito. Lo demás fueron ecos de aquella tarde en la Plaza Progreso. Los gritos de la señora Vicenta (la vestida). El temblor convulso de don Fermín (el monosabio). El rastro de sangre sobre el piso (el toro). Y un último eco mucho más fresco, martillando el yunque del oído: Papi ruuuuun, papi ruuuuun.

Don Fermín cierra la puerta del patio y se asoma al ataúd blanco. Mete la mano. Recoge el cigarro. Lo enciende. Sácame de aquí. Llévame contigo. Yo me llevo la mano al rostro y la aplasto contra mis ojos: no, no quiero ver al muerto.