Rodolfo Zolá García Zapata (1914-2008)

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Rodolfo Zolá García Zapata (1914-2008)

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miércoles, calle Tabachines, 24/09/2008

“Cuarta y última estación antes de partir. Acorazado de cariño: así dice mi abuelo que voy.” Estas son las primeras palabras de un diario de viaje que empieza en el aeropuerto de Hong Kong el 1o de septiembre de 1997 y concluye el 17 de diciembre de ese mismo año, en una playa de Tel-Aviv donde también aparece la figura de mi abuelo. Recuerdo que nos había costado un trabajo de cargadores dejar Jerusalén. Viajaba con JJ y R. Era viernes por la noche, no había transporte público, las carreteras estaban desiertas: sabat obliga. Nuestro único consuelo era una botella de vodka en la que habíamos invertido el costo del pasaje Tel-Aviv Jerusalén, de la que bebíamos a pico en el acotamiento, probablemente ahuyentando a posibles coches benefactores. De no ser por una mujer de negro, muy guapa, con tranco hipersensual de prostituta, quien saltándose las más elementales reglas de la etiqueta carretera se plantó antes de nosotros en el espacio (cien metros) a pesar de haber llegado después de nosotros en el tiempo. Ni tardo ni perezoso, un Buick que transportaba un ramo de rosas en el lugar del copiloto se detuvo. Generosamente, la mujer convenció al conductor de que nos ofreciera el asiento trasero. El trayecto me pasó de noche, cabezeando entre los hombros de R y JJ. Llegamos a Tel-Aviv a las once, felices y hambrientos. Dado el presupuesto, había que elegir entre la comida y el vodka, y bajo la premisa de que la borrachera adormece al hambre, compramos una segunda botella. Buscamos cartones donde dormir. Los tendimos sobre la playa como falsos antídotos contra el frío de enero. A lo lejos vimos a otros indigentes encendiendo una fogata: nos acercamos: eran cordiales. Uno de ellos (el indigente capitalista) le rentaba el teléfono celular a los demás (los indigentes consumidores). Algún pudor incomprensible me hizo ir al mac.donalds a buscar un baño para hacer algo que, según creo, pude haber hecho en la playa. De regreso no encontré fogata ni pertenencias ni amigos. Temí algún asalto, los indigentes huyendo con todo nuestro equipaje: la mochila era mi casa por aquellos días. Supe que lo había perdido todo. En la borrachera, la única solución era evidente: llamar a México, hablar con mi abuelo. Noche en Tel-Aviv, medio día en Villa de las Flores, Coacalco. / No me dijo gran cosa. Me preguntó si necesitaba centavos. Me aconsejó que buscara un kibutz dónde me dieran trabajo y ropa. Yo tampoco llamaba para que me dijera algo. Tan sólo que me dijera. Lo importante era la acústica de su voz: ese fluir grave, pausado y nítido de sus palabras, que desde siempre ha tenido un efecto tranquilizador en mí. ¿Necesitas centavos? Busca un kibutz. Me pudo haber hablado del programa espacial soviético: con esa manera, esa dicción protectora de abuelo, ese tono grave que cobija, con eso bastaba para poder dormir en paz sobre la arena, y también para que al amanecer cayera en cuenta de que la borrachera me había desorientado: mis pertenencias y mis amigos seguían ahí, junto la fogata apagada. / La última vez que lo vi fue en abril pasado. Noventa y cuatro años, un cuerpo de parafina derretida, la memoria devastada por el Alzheimer, no me reconoció. La ciudadela cerebral estaba en ruinas, pero la emoción seguía intacta. Puse un ejemplar de Musofobia en su regazo y el hombre que me enseñó a leer lloró y nos llenó a Hanna y a mí de besos y nos apretó las manos. En vez de un libro pude haber puesto una engrapadora o una alcancía: el objeto era lo de menos, importaba la emoción, esa bola de amor descerebrada, la misma que antes cantaba en maya, jugaba ajedrez, exploraba librerías de viejo o me enseñaba los recovecos de Lao Tsé, y que ahora conjugaba a ciegas el único verbo transitivo sobre el que fundó su vida: amar, dar, acorazar a su gente de cariño. Ese hombre, me lleva la chingada, ese hombre falleció el miércoles pasado. A los noventa y cuatro años ya le tocaba. Y sin embargo ayer, cuando me dieron la noticia, sentí de nuevo el desamparo de aquella playa de Tel-Aviv, donde la coraza de su voz bastaba para dormir tranquilo.

Obituario breve

General diplomado de estado mayor, padre de once hijos, hombre de honestidad de hierro, filántropo de barrio, lector incansable, mayaparlante, sabio tecolote, esposo, padre, abuelo ejemplar y “modesto experto en todas las ramas del saber humano”, murió murió el 24 de septiembre del 2008 en la ciudad de México a la edad de 94 años.

Papá Zolá pertenece a una clase en peligro de extinción: la de los hombres honestos a toda prueba. Sus mayores logros no fueron militares, a pesar de que en el ejército se le recuerde como un soldado ejemplar. En un país históricamente corroído por la mentira, la corrupción y el abuso de hombre a hombre, su gesta fue la de un humano modesto, que cruza el pantano del siglo sin mácula, invirtiendo en cada uno de sus actos y sus palabras el mismo valor: el valor de la honestidad, el enorme lujo de ser justo.

A Papá Zolá le encantaban las definiciones, las sentencias: aquellas frases memorizadas que tienen la virtud de fijar su valor moral en la cabeza. “Axioma: verdad evidente que no necesita demostración”. La honradez de Papá Zolá era de naturaleza axiomática, y demostrarla es ocioso y a la vez muy simple: sobran las anécdotas. Quienes formaron parte de su batallón recuerdan que era el único oficial que no cobraba el diezmo obligatorio que la mayor parte de los oficiales exige de la tropa. Bienes materiales acumuló muy pocos: su casa en Villa de las Flores y su pensión de general jubilado. Honradez tanto más excepcional formando parte de una generación de militares que se no sólo se manchó las manos de sangre torturando guerrilleros en la sierra o desapareciendo estudiantes de la plaza de Tlatelolco, sino que también se enriqueció hasta la ignominia. Junto a esas biografías tan mexicanas, cuyo único obituario será escrito por las peleas legales de sus herederos, la herencia inmaterial de Papá Zolá adquiere una sustancialidad de acero inoxidable. Para muchos, su legendaria honradez rayaba en la estupidez: la anécdota más significativa al respecto es aquella un terreno que el presidente López Mateos le regaló en San Luis Potosí. Era un terreno fértil, de varias hectáreas, cuya explotación estaba a cargo de campesinos de la región. Al jubilarse, Papá Zolá les regaló (sin costo alguno) el terreno a los campesinos que lo bregaban porque “la tierra es del que la trabaja”, ante la exasperación inútil de sus hijos, a quienes se dio el lujo de dejarles por herencia todo un tesoro sin heredarles un solo centavo. “¿Cómo debe ser el hombre? Inteligente, valiente y bueno. ¿De qué está enfermo el mundo? De avaricia, de ambición, de falsedad y de miseria. ¿Quiénes van a salvarlo? ¡Los García!”

Infancia breve

Rodolfo Zolá García Zapata nació en Izamal, Yucatán, el 21 de febrero de 1914, de padre hispanoparlante y madre mayaparlante. De su padre se sabe que llegó a Yucatán escondido en un cargamento de ajos proveniente de Puerto Limón, Costa Rica. Los que conocían las razones de su huida se fueron con ellas a la tumba. Se sabe también que era masón, maestro de música y que vivía en una casa aledaña a la del cura. Se sabe también que bautizó a sus hijos con nombres estrictamente ajenos al cristianismo: Rodolfo Zolá, Juárez Harmodio, Nívea, Grecia, Vargas Vila. Se sabe que era un hombre generoso, cultivado y honesto, y que estos atributos llenaban de celos a la curia. Se sabe que murió joven, cuando Rodolfo Zolá contaba apenas con seis años. Es decir, que murió en 1920, después de haber paseado con su hijo por el cerro, en donde pescó frío. Su hijo, el futuro general Zolá, lo recordaría por el resto de sus días. A lo largo de sus noventa y tantos años de existencia, Rodolfo Zolá guardó con él un retrato a pluma de sus padres, ante el cual se postraba a diario en un ritual pagano. Con la cabeza agachada, les prometía que sería digno del ADN moral que ellos le habían heredado: generosidad, honestidad, sabiduría (¿Cómo debe ser el hombre? Inteligente, valiente y bueno). La infancia de Rodolfo Zolá terminó ahí: la muerte del músico, masón y maestro fue un baño de sal de plata que retrató con nitidez de nitrato la paternidad justa, cariñosa, recta. De su madre, Cenobia Zapata, se sabe poco. Que hablaba maya. Que cuando Zolá cumplió catorce años lo bendijo con una moneda de un peso, cuyos cien centavos consustanciales le alcanzaron para llegar a la ciudad de México y enlistarse en el ejército.

Canción de cuna maya para viejito vivo

Aquel hombre que me enseñó a leer, a jugar ajedrez, a no temerle a la verdad, enseñanzas estas que no siempre he seguido al pie de la letra, pues ni he leído tanto como quisiera, ni logro aún ganar esas partidas cuyo final se decide por los peones, y en lo que a la verdad se refiere hay siempre alguna que me siguen pareciendo tan impronunciable que la cambiaría en el acto por diez mil declinaciones de alguna mentira; ese hombre que al día de hoy ha olvidado no sólo el nombre de sus hijos, también su número y sus rostros, ya ni siquiera es capaz de retener sus músculos ni de avisarle a sus hijas cuando le sobreviene la necesidad del vientre, que sencillamente se alivia en el desagüe tranquilizador de un pañal indigno, como si nunca hubiera dejado aquella cuna maya que lo vio nacer o como si los noventa y tres años vividos lejos de ella se hubieran concentrado en un segundo infinitamente denso, antinatural, que con prontitud definitiva hubiera arrugado su piel de bebé hasta el pergamino, tragándose el calcio de sus huesos y dejando que sus ojos de recién nacido cuelguen de ese par de cuencas oculares casi extintas o exhaustas de tanto siglo. Mi abuelo vive en Villa Alois Alzheimer, una ruina de siete pisos donde esos desconocidos que se hacen pasar por sus hijos desfilan frente a él preguntándole ¿quién soy?, ¿me reconoces?, ¿te acuerdas de mí? Él pronuncia nombres al azar, Toñito, Juaritos, Grecita: glifos egipcios desleídos sobre los muros de las ruinas que cuando por algún milagro de las probabilidades aciertan en el blanco (el rostro blanco) la reunión familiar se transforma en una fiesta de la recuperación de la memoria donde el agraciado, el reconocido, el festejado asciende a ese pedestal donde sólo caben los objetos de amor inmarcesibles, cuya capacidad de ser amado (coeficiente de amabilidad) resiste a las más terribles intemperies neuronales. El pensamiento ajedrecista de mi abuelo ahora deambula sin rumbo por los siete pisos de la ruina, llevando en la mano la última moneda, el último peso: un óbolo de recuerdo con el cual ungir por accidente el día menos pensado a ese pariente imprudente que se le atraviese por duplicado en el devanar sin huso de su memoria y en ese bosque de soldados desconocidos que es la realidad (¡mira cómo te quiere, te reconoció después de tantos años!).

A mí mi abuelo me miró sin reconocerme, su tenacidad de olvidador necio tampoco reaccionó ante los múltiples episodios de su pasado que fueron uno a uno evocando quienes decían ser sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, ni quiso comer nada de lo que pusieron delante de su atención desorbitada por la dominical presencia de tanta gente ante quien sólo respondía con respuestas balbuceadas, fósiles de frases hechas que tantas veces escuché tan enteramente de sus labios. Si no me reconoces, ya no eres mi abuelo; tu identidad depende de la presencia de ese cuerpo causal del que me hablabas cuando glosabas sobre tu libro favorito de Teosofía: cuerpo hecho del recuerdo de tus actos negativos y positivos, tus palabras que dañan o prosperan, tus creencias altas y bajas, tus vicios ascendientes y descendientes: los ejes cartesianos de tu persona. Afortunadamente, entre esos que dicen ser sus hijos, no hay sólo candidatos al reconocimiento del Señorita Alzheimer de este mes: también está mi tío Toño para tomarlo entre los brazos y cantarle una canción yucateca:

Purux soncauich
nacido en Tamec
Un pobre Huinic
con cara de Pec
Desde muy dziris
su papa don Chón
Lo dejo molich
de tanto huascop
Ya grande el dziris
quiso hacerle loch
A la linda xpec
de la hacienda xpol
Ay foo dijo xpec
yo no son soy tan poch
para que xhuerec
venga a hacerme loch
Si tu estas tan poch
de hacerle a alguien loch
Vete a Tuyotoch
abraza tu chich
Y el pobre huinic
hecho un chile ic
Regresa a Tamec
con cara de pec

Como una cuña, las palabras en maya hienden el mármol de la planta baja de la ruina y un brote de agua vital inunda sus facciones, una última brasa se enciende en la ceniza de su mirada, sus labios de pergamino adquieren movimiento y las palabras yucatecas surgen frescas, entonadas, de su garganta al tiempo que dos lagos paralelos cooptan las cuencas de sus ojos: Papá Rodolfo Zolá García llora y canta y abraza a mi tío, canta maya el hombre, canta entonado con la misma voz concreta de cuando me decía en mi infancia: jaque al rey. / ¿Qué queda de un hombre cuando su esqueleto se ha vencido, sus carnes se han rendido y su memoria, su identidad, su persona entera se ha disuelto en el caldo del olvido? Emociones resistentes como rocas: huesos geológicos: esa canción que desde pequeño te hacía llorar.