Siembra de nubes, de Oswaldo Zavala

De malversando.txt
Saltar a: navegación, buscar

Siembra de nubes. Editorial Praxis (México, 2011)


He aquí cuatro cosas que dice Barthes:

1) la relación con el relato (con la representación, con la mímesis) pasa por el Edipo;

2) el entramado de músculos que posibilitan el habla (aparato fonatorio) es el mismo que los que posibilitan el ósculo (aparato osculatorio): evolutivamente, el lenguaje y el amor nacen al mismo tiempo: amar y hablar son un mismo acto, perpetrado con la misma arma anatómica;

3) por el lenguaje circulan dos fuerzas fundamentales: el deseo y la dominación;

4) la obra es imaginaria. El Texto es real. La obra es una trampa de la infatuación mercantilista que transforma la contingencia de lo escrito en la trascendencia de un producto unitario, terminado: no la escritura, la obra. Barthes opone al gozo continuado, a la producción perpetua de la escritura, dispersa, seductora, gozosa, el serio afán de construir una obra, de levantar un monumento dentro de una lata de conservas, compatible con un código de barras. Barthes agrega: mientras disfruto el gozo de la escritura, el placer del lenguaje, el juego de ajedrez exponencial de los signos, planea la culpa de no estar produciendo obra, de estar perdiendo el tiempo, de darle la espalda a mis futuros biógrafos negando prematuramente el mármol de mi futura estatua: al poeta de Culiacán, al novelista de Staten Island, al vate de Ecatepec.


Sobre estos cuatro ladrillos estructuralistas voy a decir unas palabras (o a pronunciar unos cuantos besos, si se quiere) sobre Siembra de Nubes, novelibro de cuentos de Oswaldo Zavala, escritor fronterizo (no sólo en el sentido geográfico del término). Ante todo, Siembra de Nubes es un libro edípico, pues sus temas conductores son la paternidad y el robo. En este impulso de contarle a un hijo el entramado de deseos, atracciones, luchas, besos, traiciones y palabras, se conciben, se siembran dos seres vivos: uno real, cuyo nombre es Mateo, y otro más nebuloso, menos muscular, llamado relato. Ambos buscan respuesta a preguntas fundamentales, difíciles de responder en el plano real: ¿quién soy, quién es mi madre, quién es mi padre, quién eres tú? Mateo es materia viva en gestación; el relato, materia lingüística tejida con ese material umbilical que es la lengua materna (el primer deseo) puesta en boca del padre (la primera dominación). Oswaldo Zavala construye así un objeto narrativo fronterizo en todas sus geografías: la anatómica (entre el habla y del beso), la genealógica (entre el padre y el hijo), la psicológica (entre el deseo y la dominación) y la literaria (entre el cuento y la novela). ¿Quién narra entoces Siembra de nubes, el padre de Mateo o el hijo literario de Borges, Machado de Assís, María Luisa Bombal, Fernando del Paso, o Garbriel García-Llosa?

Supongamos que la hipótesis de Barthes sea: todo relato contiene un Edipo. Siembra de Nubes no es luego entonces la excepción: su narrador es un ciego buscando a su padre, en el camino se enamora de su madre y concibe/construye ese secreto del que es depositario, lo indecible, lo inreferible: el movimiento narrativo perpetuo del que habla el Bolaño que crea Zavala en la página 160, dos puntos, abre cita: todo relato tiene la imperiosa necesidad de construir un secreto que debe saber conservar, cierra cita. Lamentablemente, el secreto está en malas manos: manos de escritor con E mayúscula, no metidas en lenguaje, sino mentidas en obra. Oswaldo Zavala, profesor de literatura y experto en todas las ramas de la tradición literaria hispanoamericana, se burla sin parar de la figura del escritor con E mayúscula, construyendo una memorable sátira del principiante que desde su primer cuento se sabe predestinado a un epitafio endecasílabo en Père Lachaise. El escritor que escribe en Les Deux Magots, el escritor que vive, come y duerme en la Rive Gauche, el escritor que escribe manifiestos, el escritor amigo íntimo de grandes escritores, el gran amor entre la gran poeta y el gran escritor. La sátira es tanto más eficaz porque se burla en un tono perfectamente serio: el lenguaje, la creación, el arte son secundarios: lo.nuestro.lo nuestro es la vagina de la poesía, y su corolario inmediato: la posteridad. Dos elementos que hacen contrapunto al andamiaje narrativo de este Satiricón huiqui: un cuentario memorable, con relatos que se sostienen y flotan por sí mismos como Diles que me maten.Rulfo.Zavala.huiqui o Un Licor de Pistacho para el muchacho.Bolaño.Zavala.huiqui: cuentos hechos y derechos, bien narrados, bien resueltos, no sólo convincentes, como le gusta a la crítica, sino también noqueadores, como le gustaban a Cortázar. El otro punto del contrapunto está en algo que Zavala sabe hacer muy bien: enseñar, compartir y discutir sobre literatura, empezando por anécdotas tan ricas como la de Bioy, Borges y Elena Garro en la matanza de México 68, y terminando por la interesantísima discusión literaria de fondo, el ensayo novelado, la idea de la reescritura, la reapropiación, la cita, el homenaje, el robo.

Para libros fronterizos, celebración por duplicado. Celebremos entonces el advenimiento de Siembra de Nubes, deseándole un promisorio futuro en manos de sus nuevos autores: los lectores.